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| Benjamín Franklin N° 50 (tomada de Google Street View) |
Durante el trayecto de la vida
conocemos a una infinidad de personas. Unas pasan de largo sin dejar rastro
pero otras se quedan en nuestros recuerdos. Muchas de ellas, forman parte de
nuestro camino durante algún tiempo, luego del cual lo abandonan o nosotros seguimos nuestro rumbo. Pero por alguna causa de cuando
en cuando las recordamos.
En los años 80’s viví en la Cd.
De México y durante algún tiempo lo hice en la casa de unos tíos. Luego de casi
un año de vivir ahí decidí emprender solo el camino por la vida. Busqué en el
Aviso Oportuno casas de asistencia y hubo una que llamó mi atención: Benjamín
Franklin no. 50 Col. Escandón. Saliendo del Metro Juanacatlán, unas cuadras más
adelante, encontré la Embajada Rusa, una casona inconfundible que denotaba por
sí misma la rigidez del sistema político ruso. Había pasado anteriormente por
la zona, pero no había reparado en esa casa ni tampoco que por la avenida
Benjamín Franklin estaba la Universidad La Salle. Cruzando la acera de norte a
sur empieza la Colonia Escandón. El número 50 correspondía a una privada que
albergaba unas 10 o 12 casas que parecían haber sido construidas en los años
50’s o 60’s.
Me abrió una señora de edad. Me
hizo pasar y dijo que se llamaba Margarita
Arroyo pero que todo mundo le decía Mar.
Me mostró la habitación con el lugar disponible y acordamos las condiciones de
renta. Mar daba asistencia a
profesionistas y estudiantes de La Salle, tenía tiempo haciéndolo y así
subsistía, asistiendo a un total de 4 personas. Solo estaban en la casa Julio
Villalobos, quién se dedicaba a las bienes raíces y otro compañero del cual no
recuerdo su nombre que era originario de Baja California y trabajaba en el D.
F. El otro lugar era ocupado por un estudiante lasallista que estaba de
vacaciones.
| En los 80's eran de color verde |
En esa ocasión, viví en ese
domicilio solo por un par de meses. Estaba desempleado y decidí regresar a casa
para obtener mi título profesional. Un año más tarde, habiendo efectuado mi
examen profesional y concluido los trámites de titulación, regresé al defe estaba
sin trabajo y con poco dinero en la bolsa. No se me ocurrió más que llegar
nuevamente con Mar a ver si tenía algún lugar disponible o en todo caso pedirle
que me rentara el cuarto de la azotea, el cual contaba con una cama, baño y un
montón de cosas viejas amontonadas en cajas. Cuando me presente con ella me
dijo que tenía todos los lugares ocupados y como nunca antes había rentado el
cuarto de la azotea, no me dio una respuesta en ese momento. Era enero, y los
estudiantes de La Salle tardarían en regresar aún dos o tres semanas por lo que
me dio oportunidad de quedarme mientras conseguía un lugar donde vivir.
Acordamos cuanto le pagaría y así me instalé en una de las habitaciones.
De inmediato me dediqué a la
búsqueda de empleo. Como estábamos en plena época de crisis económica con la
inflación galopante, conseguirlo no era fácil. Julio me ofreció que trabajara
con él vendiendo lotes en un club campestre en el Estado de Morelos, cerca del
balneario Las Estacas. No era la idea que tenía de trabajo y mi experiencia en
ventas era nula, pero decidí aceptar mientras lograba emplearme en algo acorde
a lo que buscaba.
Mar trataba a sus huéspedes más
como familiares que como inquilinos. Pronto me integré al ambiente que se
respiraba en ese departamento que parecía sacado de las películas del cine
mexicano de los 50’s. Por las noches nos sentábamos a acompañarla a ver sus telenovelas.
Por esos años se transmitía El Maleficio y disfrutábamos haciendo bromas de los
diálogos y de los “efectos especiales” cuando Enrique de Martino (Alonso)
invocaba al diablo con las palabras “Bael, Bael”.
En esa privada vivían personajes
de todo tipo, como por ejemplo Teófilo Herrera, investigador de la UNAM y uno
de los micólogos más importantes de México. Los vecinos lo llamaban Teofilito y
era una persona callada que saludaba a los vecinos amablemente. Nunca se casó y
habitaba uno de los departamentos junto a su madre. En una casa contigua vivía
una pareja de un uruguayo y una aspirante a actriz llamada Yirah Aparicio. Ella
era de Baja California y decía ser bióloga de profesión. Yirah no tuvo el éxito
que deseo por lo que termino actuando en películas de ficheras. Enfrente vivía
también la señora Imelda de León que era funcionaria importante de Fonart y
tenía una hija joven que vivía en Tampico.
Los domingos Mar se tomaba el día
libre. No preparaba desayunos ni atendía a ninguno de los inquilinos porque se
arreglaba meticulosamente para ir a la iglesia y visitar a su hermano. Contaba
que él llevaba varios años enfermo y postrado. Decía que estaba profundamente
enojado con su esposa, de hecho ni siquiera le dirigía la palabra, pero pese a
ello su esposa lo atendía religiosamente pese a los malos tratos que recibía.
Uno de esos domingos, al poco rato de haber salido de casa, Mar regreso
asustada y llorando. Sus manos y su rostro mostraban algunos arañazos.
Ella acostumbraba tomar el camión
o el trolebús en la esquina de Benjamín Franklin y Francisco Murguía. En esa esquina
se hallaba una construcción que solo mantenía la fachada en pie. Los domingos
en esos años, mediados de los 80’s, el tráfico matutino era prácticamente nulo
a media mañana, la ciudad parecía despertar a eso de las once o doce del
día. Mientras esperaba su transporte, un
tipo salió de la construcción, la llevó a la fuerza hacía el interior y
aventándola al piso quizo arrebatarle las joyas que los domingos acostumbraba
lucir. Entre el forcejeo y los gritos pasaron algunos instantes.
Afortunadamente un trolebús hizo alto en el semáforo y los pasajeros se
percataron de lo que pasaba, bajaron de la unidad y el tipo salió huyendo no
sin antes arrebatarle algunos de los collares que llevaba. Más que el susto y los collares robados, Mar
se lamentaba de haber perdido una letra A que llevaba en una cadena. Nunca
supimos a que hacía referencia por más que le preguntamos Julio y yo, solo
atinaba a decir que era la inicial de una persona que representó mucho en su
vida.
Pese a que Mar daba asistencia a
puros hombres, imponía sus reglas y nadie se atrevía a hacer escándalo alguno.
Sin embargo, llegó a la casa Raúl un estudiante de La Salle que estaba por
recibirse de abogado. Era el típico abogado ladino y de mucha labia. En el
cumpleaños de Julio, Raúl propuso festejarlo no sin antes pedirle permiso. Le
pareció buena idea y nos acompaño hasta poco más de las 10. Quizá pensó que
haríamos lo mismo pero seguimos la fiesta hasta que Raúl propuso que fuéramos a
Garibaldi después de la media noche. Nos llevamos a Julio en pijamas y en pleno
Garibaldi se puso a bailar al son del mariachi. La fiesta terminó abruptamente
cuando Raúl se dio cuenta de que la grúa se había llevado su coche y nos fuimos
al corralón a rescatarlo. Llegamos a la casa al amanecer y todo mundo se
escabulló a sus cuartos. Para ese entonces Mar me rentaba el cuarto de servicio.
A eso de las 8 de la mañana, subió a la azotea con un montón de ropa con una
cara de pocos amigos. Se le notaba tremendamente molesta y con razón ya que en
tanto año hospedando gente nunca había permitido un relajo de ese tipo.
Afortunadamente Julio, que sabía cómo tratar a Mar, se encargo de contentarla y
a las pocas horas reía con nosotros luego de saber que Julio, en pijamas, había
bailado en Garibaldi.
Julio como dije anteriormente,
era una de las tantas almas solitarias que habitan en las grandes ciudades. Era
soltero y por lo que sabía tenía una hermana y un sobrino, Hugo, que más
adelante llegó a vivir en la casa. Era un gran admirador de Angélica María,
tenía muchos de sus discos y se sabía su vida y obra de pies a cabeza. Era un
gran conversador y hacía gala de un buen sentido del humor. Trabajaba con él en
la misma inmobiliaria, en una ocasión fuimos a la Feria del Hogar a el Palacio
de los Deportes donde atendíamos un
stand en busca de posibles compradores. Al terminar el día fuimos a tomar un
par de tragos. Pedí un vampiro y Julio una margarita. Repetimos las bebidas y
luego de terminarlas Julio fue al baño. Al salir de la carpa de la Feria, el
golpe del aire fue tal que regresó a la mesa totalmente borracho. Como pude,
logré llevarlo hasta la casa en una pesera. Mar se moría de la risa al verlo
llegar en ese estado y más cuando supo que solo había tomado un par de copas.
Viví casi un año en esa casa
hasta que decidí cambiarme a otra casa de asistencia en la Colonia Hipódromo
Condesa, cerca de ahí. Viví unos cuantos meses y luego me fui a vivir con unos
amigos a un departamento en la Condesa. Ocasionalmente pasaba a saludar a Mar.
Pocos meses antes de irme llegó Hugo a vivir en la casa. Julio se hacía cargo
de él no sé por qué razones. Hugo tenía unos 11 o 12 años y ayudaba a Mar con
los mandados. Pasado algún tiempo Julio se fue de la casa pero Hugo se quedó a
vivir con ella. Después de unos años decidí regresarme a mi tierra y fui a
despedirme de Mar y a presentarle a mi hija que acababa de nacer. Esa fue la
última vez que la vi.
Creo que Hugo se quedó a vivir
con ella por varios años pero ya nunca supe más de Mar y de Julio. Pareciera
que la inmensidad de la Ciudad de México y su enorme población los engulló sin
dejar rastro. Muchos profesionistas egresados de la Universidad La Salle
vivieron en la casa de Mar. No sé si alguno de ellos la recuerda como yo, pero
esos pocos meses que viví ahí, representaron una parte importante en mi
existencia. Por alguna razón los recuerdo, es uno de esos enriquecen el espíritu quizá porque al menos temporalmente fueron como una familia para mi. Supongo que Mar habrá fallecido
algunos años atrás y espero que Julio siga viviendo la vida con la alegría que
le conocí, siempre al pendiente de noticias de su gran ídolo de juventud.

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