viernes, 27 de abril de 2012

Benjamín Franklin N° 50

Benjamín Franklin N° 50 (tomada de Google Street View)
Durante el trayecto de la vida conocemos a una infinidad de personas. Unas pasan de largo sin dejar rastro pero otras se quedan en nuestros recuerdos. Muchas de ellas, forman parte de nuestro camino durante algún tiempo, luego del cual  lo abandonan o nosotros seguimos  nuestro rumbo. Pero por alguna causa de cuando en cuando las recordamos.

En los años 80’s viví en la Cd. De México y durante algún tiempo lo hice en la casa de unos tíos. Luego de casi un año de vivir ahí decidí emprender solo el camino por la vida. Busqué en el Aviso Oportuno casas de asistencia y hubo una que llamó mi atención: Benjamín Franklin no. 50 Col. Escandón. Saliendo del Metro Juanacatlán, unas cuadras más adelante, encontré la Embajada Rusa, una casona inconfundible que denotaba por sí misma la rigidez del sistema político ruso. Había pasado anteriormente por la zona, pero no había reparado en esa casa ni tampoco que por la avenida Benjamín Franklin estaba la Universidad La Salle. Cruzando la acera de norte a sur empieza la Colonia Escandón. El número 50 correspondía a una privada que albergaba unas 10 o 12 casas que parecían haber sido construidas en los años 50’s o 60’s.

Me abrió una señora de edad. Me hizo pasar y dijo que se llamaba Margarita Arroyo pero que todo mundo le decía Mar. Me mostró la habitación con el lugar disponible y acordamos las condiciones de renta. Mar daba asistencia a profesionistas y estudiantes de La Salle, tenía tiempo haciéndolo y así subsistía, asistiendo a un total de 4 personas. Solo estaban en la casa Julio Villalobos, quién se dedicaba a las bienes raíces y otro compañero del cual no recuerdo su nombre que era originario de Baja California y trabajaba en el D. F. El otro lugar era ocupado por un estudiante lasallista que estaba de vacaciones.

En los 80's eran de color verde
Mar era originaria de Querétaro, y al parecer provenía de una familia acomodada venida a menos. Nunca se casó por lo que muchos le decían señorita, lo que aceptaba con agrado. Julio, en cambio, era defeño pero no tenía casa propia ni tenía interés en rentar alguna. Llevaba tiempo viviendo con Mar y más que inquilino parecía hijo o familiar cercano. Era como si estas dos personas hubieran hallado su familia entre los mares de gente que poblaban la ciudad.

En esa ocasión, viví en ese domicilio solo por un par de meses. Estaba desempleado y decidí regresar a casa para obtener mi título profesional. Un año más tarde, habiendo efectuado mi examen profesional y concluido los trámites de titulación, regresé al defe estaba sin trabajo y con poco dinero en la bolsa. No se me ocurrió más que llegar nuevamente con Mar a ver si tenía algún lugar disponible o en todo caso pedirle que me rentara el cuarto de la azotea, el cual contaba con una cama, baño y un montón de cosas viejas amontonadas en cajas. Cuando me presente con ella me dijo que tenía todos los lugares ocupados y como nunca antes había rentado el cuarto de la azotea, no me dio una respuesta en ese momento. Era enero, y los estudiantes de La Salle tardarían en regresar aún dos o tres semanas por lo que me dio oportunidad de quedarme mientras conseguía un lugar donde vivir. Acordamos cuanto le pagaría y así me instalé en una de las habitaciones.

De inmediato me dediqué a la búsqueda de empleo. Como estábamos en plena época de crisis económica con la inflación galopante, conseguirlo no era fácil. Julio me ofreció que trabajara con él vendiendo lotes en un club campestre en el Estado de Morelos, cerca del balneario Las Estacas. No era la idea que tenía de trabajo y mi experiencia en ventas era nula, pero decidí aceptar mientras lograba emplearme en algo acorde a lo que buscaba.

Mar trataba a sus huéspedes más como familiares que como inquilinos. Pronto me integré al ambiente que se respiraba en ese departamento que parecía sacado de las películas del cine mexicano de los 50’s. Por las noches nos sentábamos a acompañarla a ver sus telenovelas. Por esos años se transmitía El Maleficio y disfrutábamos haciendo bromas de los diálogos y de los “efectos especiales” cuando Enrique de Martino (Alonso) invocaba al diablo con las palabras “Bael, Bael”.

En esa privada vivían personajes de todo tipo, como por ejemplo Teófilo Herrera, investigador de la UNAM y uno de los micólogos más importantes de México. Los vecinos lo llamaban Teofilito y era una persona callada que saludaba a los vecinos amablemente. Nunca se casó y habitaba uno de los departamentos junto a su madre. En una casa contigua vivía una pareja de un uruguayo y una aspirante a actriz llamada Yirah Aparicio. Ella era de Baja California y decía ser bióloga de profesión. Yirah no tuvo el éxito que deseo por lo que termino actuando en películas de ficheras. Enfrente vivía también la señora Imelda de León que era funcionaria importante de Fonart y tenía una hija joven que vivía en Tampico.

Los domingos Mar se tomaba el día libre. No preparaba desayunos ni atendía a ninguno de los inquilinos porque se arreglaba meticulosamente para ir a la iglesia y visitar a su hermano. Contaba que él llevaba varios años enfermo y postrado. Decía que estaba profundamente enojado con su esposa, de hecho ni siquiera le dirigía la palabra, pero pese a ello su esposa lo atendía religiosamente pese a los malos tratos que recibía. Uno de esos domingos, al poco rato de haber salido de casa, Mar regreso asustada y llorando. Sus manos y su rostro mostraban algunos arañazos.

Ella acostumbraba tomar el camión o el trolebús en la esquina de Benjamín Franklin y Francisco Murguía. En esa esquina se hallaba una construcción que solo mantenía la fachada en pie. Los domingos en esos años, mediados de los 80’s, el tráfico matutino era prácticamente nulo a media mañana, la ciudad parecía despertar a eso de las once o doce del día.  Mientras esperaba su transporte, un tipo salió de la construcción, la llevó a la fuerza hacía el interior y aventándola al piso quizo arrebatarle las joyas que los domingos acostumbraba lucir. Entre el forcejeo y los gritos pasaron algunos instantes. Afortunadamente un trolebús hizo alto en el semáforo y los pasajeros se percataron de lo que pasaba, bajaron de la unidad y el tipo salió huyendo no sin antes arrebatarle algunos de los collares que llevaba.  Más que el susto y los collares robados, Mar se lamentaba de haber perdido una letra A que llevaba en una cadena. Nunca supimos a que hacía referencia por más que le preguntamos Julio y yo, solo atinaba a decir que era la inicial de una persona que representó mucho en su vida. 

Pese a que Mar daba asistencia a puros hombres, imponía sus reglas y nadie se atrevía a hacer escándalo alguno. Sin embargo, llegó a la casa Raúl un estudiante de La Salle que estaba por recibirse de abogado. Era el típico abogado ladino y de mucha labia. En el cumpleaños de Julio, Raúl propuso festejarlo no sin antes pedirle permiso. Le pareció buena idea y nos acompaño hasta poco más de las 10. Quizá pensó que haríamos lo mismo pero seguimos la fiesta hasta que Raúl propuso que fuéramos a Garibaldi después de la media noche. Nos llevamos a Julio en pijamas y en pleno Garibaldi se puso a bailar al son del mariachi. La fiesta terminó abruptamente cuando Raúl se dio cuenta de que la grúa se había llevado su coche y nos fuimos al corralón a rescatarlo. Llegamos a la casa al amanecer y todo mundo se escabulló a sus cuartos. Para ese entonces Mar me rentaba el cuarto de servicio. A eso de las 8 de la mañana, subió a la azotea con un montón de ropa con una cara de pocos amigos. Se le notaba tremendamente molesta y con razón ya que en tanto año hospedando gente nunca había permitido un relajo de ese tipo. Afortunadamente Julio, que sabía cómo tratar a Mar, se encargo de contentarla y a las pocas horas reía con nosotros luego de saber que Julio, en pijamas, había bailado en Garibaldi.

Julio como dije anteriormente, era una de las tantas almas solitarias que habitan en las grandes ciudades. Era soltero y por lo que sabía tenía una hermana y un sobrino, Hugo, que más adelante llegó a vivir en la casa. Era un gran admirador de Angélica María, tenía muchos de sus discos y se sabía su vida y obra de pies a cabeza. Era un gran conversador y hacía gala de un buen sentido del humor. Trabajaba con él en la misma inmobiliaria, en una ocasión fuimos a la Feria del Hogar a el Palacio de los Deportes donde atendíamos  un stand en busca de posibles compradores. Al terminar el día fuimos a tomar un par de tragos. Pedí un vampiro y Julio una margarita. Repetimos las bebidas y luego de terminarlas Julio fue al baño. Al salir de la carpa de la Feria, el golpe del aire fue tal que regresó a la mesa totalmente borracho. Como pude, logré llevarlo hasta la casa en una pesera. Mar se moría de la risa al verlo llegar en ese estado y más cuando supo que solo había tomado un par de copas.

Viví casi un año en esa casa hasta que decidí cambiarme a otra casa de asistencia en la Colonia Hipódromo Condesa, cerca de ahí. Viví unos cuantos meses y luego me fui a vivir con unos amigos a un departamento en la Condesa. Ocasionalmente pasaba a saludar a Mar. Pocos meses antes de irme llegó Hugo a vivir en la casa. Julio se hacía cargo de él no sé por qué razones. Hugo tenía unos 11 o 12 años y ayudaba a Mar con los mandados. Pasado algún tiempo Julio se fue de la casa pero Hugo se quedó a vivir con ella. Después de unos años decidí regresarme a mi tierra y fui a despedirme de Mar y a presentarle a mi hija que acababa de nacer. Esa fue la última vez que la vi.

Creo que Hugo se quedó a vivir con ella por varios años pero ya nunca supe más de Mar y de Julio. Pareciera que la inmensidad de la Ciudad de México y su enorme población los engulló sin dejar rastro. Muchos profesionistas egresados de la Universidad La Salle vivieron en la casa de Mar. No sé si alguno de ellos la recuerda como yo, pero esos pocos meses que viví ahí, representaron una parte importante en mi existencia. Por alguna razón los recuerdo, es uno de esos enriquecen el espíritu quizá porque al menos temporalmente fueron como una familia para mi. Supongo que Mar habrá fallecido algunos años atrás y espero que Julio siga viviendo la vida con la alegría que le conocí, siempre al pendiente de noticias de su gran ídolo de juventud.

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