martes, 31 de mayo de 2011

Un domingo cualquiera...

Bala Perdida
Seguramente los regiomontanos de antaño nunca se imaginaron lo que estamos viviendo a diario en la otrora tranquila Sultana del Norte. En los tiempos recientes lo más cercano a esta realidad fue cuando la guerrilla urbana, producto de los movimientos sociales de los años 60’s, irrumpió en el país y Monterrey, que ya despuntaba como la capital industrial de México, no fue inmune a esta. Eran los años 70’s. Asaltos bancarios, secuestros y asesinatos de personajes importantes y balaceras en las calles, eran frecuentes pero a diferencia de hoy, no se suscitaban diariamente y estos hechos eran noticia en los medios por días e incluso semanas. Hoy en día los periódicos y noticieros de televisión y radio, apenas mencionan lo que ocurre en las calles, cuando vuelve a registrarse otro hecho violento y deja en el olvido el anterior.

Poco a poco la violencia parece estar más cerca de nosotros. Hace apenas unos meses estos hechos nos eran un tanto lejanos pero en los últimos días a muchos nos ha tocado, si no verla directamente de frente, si palparla y sentirla en el ambiente. Hace un par de semanas, circulando por Paseo de los Leones al poniente de la Ciudad un sábado por la tarde, me topé con un embotellamiento repentino a una hora de poco tráfico. En una plaza comercial una cuadra adelante, un grupo de militares que efectúan labores policíacas tenían detenido y tendido en el suelo a un tipo junto a una camioneta de modelo reciente. Algunos de los policías estaban a la defensiva listos para repeler un posible ataque para rescatar al detenido.

Fuera de esa escena de tensión, la cosa no pasó a mayores y los automovilistas que circulábamos en ese momento seguimos nuestro camino. Este domingo pasado, un domingo cualquiera en esta calurosa primavera, casi a punto de caer la tarde la intranquilidad se hizo presente de forma estruendosa. Estaba en casa viendo una película en familia cuando se escucharon dos o tres disparos, apagamos el televisor y casi de inmediato se empezaron a escuchar ráfagas de armas de alto poder a unas cuantas calles de casa. El sonido era seco y claro y era posible distinguir un disparo de otro. La balacera al parecer ocurría a plena calle. En dos o tres minutos, los disparos cesaron y una calma tensa se sintió inmersa en el sofocante calor que se sentía. Pasaron un par de minutos más y nuevas ráfagas se escucharon, esta vez un poco más al poniente. Al cabo de un pequeño lapso de tiempo, todo cesó y un silencio apremiante se apoderó de las calles vacías de las colonias aledañas. Salí a la calle y grande fue mi sorpresa al encontrar una bala justo debajo de la ventana del cuarto de televisión. Ahí caí en cuenta de que no se puede estar seguro aún estando lejos del lugar de los hechos.

Un domingo cualquiera
Silencio. En las redes sociales comenzaron a preguntar qué estaba pasando. Pocos tenían idea de lo que sucedía y donde exactamente se daban los hechos.  Fueron unos quince minutos de silencio casi total. Nadie se asomaba siquiera a la ventana y las casas daban la apariencia de estar vacías. En las calles no circulaba un solo auto y a lo lejos se hizo perceptible el lejano sonido de las sirenas policíacas. Al poco tiempo el tráfico vehicular se hizo presente. Muchos circulaban de prisa para llegar a sus casas y resguardar a sus familias. Hubo quién dejo a unos y fue a recoger a otros. En menos de media hora, las calles volvieron a vaciarse y el tráfico cesó. Un par de helicópteros sobrevolaron la zona, a veces a muy baja altura una y otra vez. En un centro comercial, Plaza Cumbres, el pánico se apodero de quiénes paseaban en ella en busca de mitigar el calor. El sonido de las balas hizo que la gente buscara donde refugiarse y en una acción rápida, los guardias de seguridad de la Plaza, cerraron todos los accesos y las tiendas bajaron sus cortinas, algunas resguardaron a personas en su interior. La tienda departamental Liverpool, también cerró sus accesos y llevó a su personal y clientes que estaban en el interior al tercer piso. Fueron minutos que parecieron horas. Quiénes no lograron resguardarse en el interior de algún local se tiraron al piso y así permanecieron hasta que la calma se restableció. Poco a poco las personas salieron de sus improvisados refugios y los guardias de la Plaza, una vez que confirmaron que salir era seguro, permitieron a la clientela abandonar el lugar. Los que ni por enterado se dieron de lo ocurrido, fueron los asistentes a los cines. Es tal el estruendo de las películas modernas que las balas fueron opacadas por el potente sonido de sus modernos equipos de proyección.

Escenas como esta se están volviendo frecuentes en Monterrey, que hasta no hace muchos años presumíamos como una de las más seguras del país. Un domingo cualquiera como el descrito, desgraciadamente cada vez son más frecuentes. ¿Hasta cuándo vamos a vivir así? Dicen que cada país, estado o ciudad tiene el gobierno que se merece. Quizá sea cierto, la sociedad regiomontana se dejo llevar por la falsa imagen de un político joven e inexperto, lo cual no es pecado, pero si la ineptitud e incapacidad para ejercer el principal puesto político del Estado de Nuevo León. Lo peor es que esta aferrado a mantenerse en su lugar hasta el final, pese a que día a día el número de muertos y hechos violentos crece mientras el viaja en avión privado a su hogar en McAllen, Tx. Sus esfuerzos se enfocan en demostrar un liderazgo que a todas luces no tiene y pese a discursos triunfalistas la realidad que vivimos es otra. Si tienes algo de dignidad Rodrigo Medina, renuncia y no hagas más daño a nuestra sociedad.

domingo, 29 de mayo de 2011

El Maestro Crispín


En las grandes ciudades los personajes pasan desapercibidos la gran mayoría de las veces. Muchas historias se encuentran ocultas tras las paredes y ventanas de casas que parecen tranquilas y silenciosas, sin  darnos cuenta de lo que sucede detrás de ellas. Pero en los pueblos no es así. Por su propia naturaleza y su menor población, las historias no pueden permanecer en el olvido tan fácilmente. Así hace algunos años llegué a un pueblo en las montañas y me encontré con esta historia.

Grande fue mi sorpresa al descubrir que del patio de una casa se escuchaba una voz potente y clara hablando sin parar en un lenguaje fluido y aparentemente ordenado. Bastaba ponerle un poco de atención para darse cuenta de que eran ideas sueltas y se pasaba de una a otra intempestivamente. De repente soltaba una ráfaga de insultos y luego volvía al lenguaje formal. Quién hablaba así era un hombre de aspecto desaliñado e indigente. Envuelto en una cobija paseaba por el patio de la casa encerrado en una especie de gallinero delimitado por una cerca de malla entretejido. Su mirada se perdía en la incoherencia del lenguaje, pero cuando la dirigía a una persona esta infundía miedo y parecía que solo hacía falta cualquier cosa para agredir a quién se atreviera a confrontarla.

Preguntando supe que este hombre se llamaba Crispín. Había sido maestro de escuela pero desde hace ya muchos años vivía encerrado en lo que fue la casa materna. No lo atendía nadie en particular pero las autoridades del pueblo todos los días le mandaban de comer. A diversas horas del día un policía rural llegaba a la casa llevando comida caliente.

Los que saben su historia cuentan que Crispín fue un excelente estudiante y fue un maestro entregado a su profesión. Era reconocido por ser un estudioso de los temas que enseñaba a sus alumnos de secundaria. Trabajó en escuelas de diversos poblados y cuando su condición empezó a ser manifiesta fue enviado a la escuela del pueblo para que estuviera cerca de su madre, único familiar cercano que le quedaba. Crispín presentaba en ese tiempo grandes períodos de lucidez, donde no se manifestaban los demonios que poco a poco se apoderaban de su mente. Pese a ser un hombre maduro, nunca se había casado y por lo tanto su madre se propuso conseguirle una esposa, quizá previendo que su condición empeoraría con el tiempo.

En el pueblo definitivamente no hubo mujer alguna que se perfilara como posible esposa, todos ahí sabían de su condición. Por lo tanto había que buscarla fuera de la región. En aquellos años, en diversas revistas existía una sección donde hombres y mujeres, en su mayoría maduros y con poca suerte en el amor, pagaban por anuncios en busca de pareja, algo así como el Facebook actual solo que impreso. Por fin su petición fue atendida y al cabo de poco tiempo se casó. Sin embargo, al poco tiempo la salud mental de Crispín aceleró su deterioro y con mayor frecuencia la paranoia y la psicosis ganaban terreno. Pese a ello, la pareja procreo dos hijos pero al poco tiempo su condición se volvió irreversible. La autoridades de educación le propusieron a su madre declararlo incapaz para trabajar y le propusieron pensionarlo. En un arranque de amor maternal ella declinó el ofrecimiento, al fin y al cabo contaba con recursos para mantenerlo. No hubo poder racional que la hiciera entender, pero esta decisión privo a Crispín de una pensión y acceso a un servicio médico.
   
El trato con su esposa se hizo insoportable, que ésta no dudo en abandonarlo e irse del pueblo para no volver, abandonando incluso a sus hijos y dejando atrás todo aquello que la relacionara con este maestro rural. Por otro lado, su madre falleció a los pocos años y Crispín quedo en el desamparo casi total, algunos vecinos de siempre se hicieron cargo de su manutención hasta que las autoridades del pueblo tomaron la responsabilidad.

Y así pasaron años de encierro en su propio hogar. Por largos periodos Crispín se la pasaba hablando todo el día, en ocasiones le llegaban recuerdos de su vida pasada, a veces aparecían resentimientos contra algunas personas y otras parecía que se hallaba frente al salón de clases y hablaba largamente de temas de historia, literatura e incluso ciencia. Con el tiempo la gente se acostumbro a ello, luego de estos estados legorreicos se sumía en el silencio total por largos días y no se dejaba ver. Sus hijos crecieron, pero el ya no estuvo consciente de ello. La hija se fue a vivir a otro lugar y volvía esporádicamente al pueblo más de visita que para enterarse de su salud. Su hijo creció en la casa pero quizá la misma situación le hizo tener actitudes extrañas y poco desarrollo intelectual.

Con el tiempo fue una figura más del paisaje auditivo y visual del pueblo. No siempre se veía pero se escuchaban sus largos alegatos, otras veces solo deambulaba en silencio en el patio, muchas más no se sabía de él. Una de tantas veces que llegamos al pueblo, nos recibieron con la noticia de su fallecimiento. Pocos días antes se había resfriado y esa madrugada se registró su deceso. Ese personaje al que aparentemente nadie le prestaba atención, fue pese al olvido, despedido por las gentes del pueblo. Ante la incapacidad de su hijo de enfrentar la situación, los propios vecinos y autoridades se encargaron de velarlo. Hubo quién llevó sillas, otros elaboraron grandes ollas de café. La panadería del pueblo mando vastas charolas de pan de dulce para que los asistentes al sepelio soportaran la larga noche. El día siguiente muchos lo acompañaron a su última morada y este personaje que parecía olvidado por todos y recordado por pocos, fue despedido por el pueblo que lo vio nacer. Este maestro rural que fue presa de la locura al final recibió el tributo de quiénes supieron de su historia y que vieron en su persona el trabajo dedicado que no pudo culminar pero que dejó huella en el corazón de la gente que lo conoció en sus cinco sentidos.