Para nuestra generación escuchar de los maremotos o tsunamis, era algo a lo que no estábamos acostumbrados. Es más, era algo lejano a nuestras pláticas aún y cuando están asociados a los sismos. Los maremotos, cuando sucedían, ocurrían en el lejano Océano Pacífico Sur, afectando a pequeñas islas o islotes, muchos de ellos despoblados, y con tan pocas pérdidas humanas y de infraestructura que ni siquiera eran noticia relevante en nuestros medios.
Sin embargo, a finales de diciembre de 2004, nos despertamos con la noticia de que un terremoto de gran magnitud, provocó en Indonesia un maremoto, o tsunami como se les empezó a conocer, que causo la muerte de gente en proporciones apocalípticas. Entonces volteamos a mirar la tragedia ocasionada por enormes olas venidas del mar a tierra adentro y que provocaron daños que ni el más fuerte de los terremotos sucedido en nuestra generación, ni la de nuestros padres y abuelos hayan ocasionado. En esa ocasión, el mayor daño fue precisamente la gran cantidad de vidas humanas perdidas, alrededor de 300 mil, como nunca antes se había visto en la historia moderna del hombre a causa de un fenómeno natural.
En marzo de 2011, nuevamente la naturaleza nos ha dado muestra de lo insignificantes que somos cuando su fuerza se desata sin medida sobre la superficie del planeta. Un maremoto ocasionado por un terremoto de 8.9 grados en la escala de Ritcher ocurrido a unos 400 kms. de las costas Japón nos ha mostrado que aún y cuando el número de pérdidas de vidas humanas ha sido considerablemente menor, su fuerza destructiva ha arrasado con infraestructura energética, portuaria y urbana de un país de primer mundo, generando quizá la primer emergencia nuclear que se tenga conocimiento cuyo origen es un fenómeno natural en la Central Nuclear de Fukushima. En este lugar, más de uno de sus reactores sufrieron daños severos al grado tal de provocar explosiones e incrementos en la radioactividad a niveles insospechados y ha obligado a crear un cerco de seguridad en 30 kilómetros a la redonda. Se ha llevado la alerta a nivel 6 (de 7) y dejo de ser, en muy poco tiempo, un asunto meramente local para pasar a ser una contingencia global.
No todos los terremotos producen maremotos. Los epicentros donde ocurren los movimientos telúricos se localizan en zonas de subducción, es decir donde una placa tectónica se desplaza debajo de otra para introducirse al manto terrestre. El roce de estas placas provoca zonas de tensión a lo largo de muchos kilómetros y a grandes profundidades marinas y otras tantas de la corteza terrestre.
En ocasiones esta tensión al liberarse violentamente provoca que el agua del mar que se localiza encima de ella se desplace hacia arriba o abajo, según sea el caso, y genere que el movimiento oscilatorio de esta enorme columna de agua provoque olas cuyo movimiento en mar abierto apenas sea perceptible. No solo eso, la velocidad con la que viaja alcanza velocidades cercanas a los 800 kms. por hora. En mar abierto esto no provoca daños y apenas es perceptible, pero conforme se acerca a la plataforma continental la menor profundidad del lecho marino se alza como un freno y hace que el agua que se desplaza a gran velocidad provoque las enormes olas que se describen en un maremoto. La altura alcanzada y la enorme cantidad de agua que viaja provocan olas que rompen directamente en las costas y penetran hasta varios kilómetros tierra adentro.
Japón es sin duda uno de los países que cuenta con infraestructura urbana e industrial diseñada para soportar terremotos de gran magnitud. Los japoneses a sabiendas de que están ubicados en una de las zonas tectónicamente más activas, después de la Segunda Guerra Mundial diseñaron ciudades e instalaciones para soportar los embates de los movimientos provenientes del interior del planeta. Pero de acuerdo a las miles de imágenes que están disponibles, contra el embate del mar poco hay que hacer. En ocasiones como esta, ni siquiera una cultura previsora como la japonesa pudo evitar grandes daños y la muerte de miles de personas, ya que aún y contando con un sistema de alarma contra los maremotos, este llegó en muy poco tiempo dejando al mundo impávido ante las imágenes que por televisión e internet se han podido observar. Casas, autos y barcos fueron arrasados por el mar lleno de lodo y escombros ante el asombro de los testigos que vieron como su entorno cambio en un instante. Solo resta esperar que el inminente desastre nuclear solo quede en eso, para que esta cultura milenaria emerja de entre los restos del desastre, como lo hicieron hace más de 50 años, y a base de trabajo y esfuerzo reconstruyan lo que la naturaleza les arrebató.

