Ese día me lo había pasado batallando para montar un improvisado cuarto obscuro en el departamento de la Condesa que compartía con algunos amigos. Por más que trataba de tapar la ventana de la cocina con algunas franelas de color negro, aparecía una minúscula rendija por donde se filtraba algún rayo de sol, convirtiendo la cocina en una cámara obscura gigante, reflejaban en la pared opuesta la imagen de lo que ocurría en la calle pero en forma invertida. Sabía que ese era el principio de las cámaras fotográficas pero nunca me imagine que lo vería tratando de evitar que el sol entrara. Al fin luego de muchos intentos, pero sobre todo que cayera la noche pude por fin empezar a imprimir algunas fotos en blanco y negro. Sin darme cuenta eran poco más de las 10 de la noche cuando sonó el teléfono.
Era mi amiga R. Ella era una antigua compañera de la universidad que hacía unos días había llegado al D. F. Me había pedido que la acompañara al hangar de la PGR en el Aeropuerto de la Ciudad de México. No recuerdo como, pero cual nómadas sin rumbo nos apersonamos en la zona de hangares. Preguntamos en varios y por fin alguien nos indico cuál era el correcto. A mi amiga se le había metido en la cabeza conseguirse un trabajo de radio operadora en esa dependencia la cuál como muchos sabemos era el brazo armado de la ley contra los delitos federales, entre ellos el narcotráfico.
Pues bien, ahí andaba detrás de mi amiga yendo de un lugar a otro. En el hangar que nos indicaron el trato era casi de delincuente a los extraños que se apersonaban en el. Llegamos a uno y solo a ella la dejaron pasar, como la caminata fue larga se me hizo fácil pasar una puerta para sentarme cuando de inmediato una empleada me indico fuertemente que no podía pasar. Inmediatamente me paré y regresé a mi lugar. Por fin apareció mi amiga y me dijo que íbamos a ir a otro edificio. Ahí preguntó por otra persona quién pronto apareció y se presentó. Mi amiga le dijo a que iba y la pasó a otra habitación para hacerle la entrevista. El tipo reparó en mi persona y me invitó a pasar con ellos, atentamente me negué pero insistió y entre a la entrevista como observador.
Al finalizar la entrevista el tipo le preguntó a mi amiga si acaso era ella la que aparecía en unas fotografías que le habían llegado de una visita del Procurador General de la República al lugar de trabajo de los radio operadores. De inmediato noté en la negativa de mi amiga que sin lugar a dudas estaba mintiendo. Sin decir más el tipo se levantó de su asiento y sin darnos tiempo a comentar algo regresó con las fotos. Las sacó del sobre y las mostró a mi amiga, ella siguió negando que fuera la de la foto. De repente el tipo se dirigió a mí y me tendió las fotos. Insistió en que ella era la de las fotos y quería que se lo confirmara. Y sí ahí estaba mi amiga junto al Procurador General de la República, Sergio García Ramírez, como si fuera otro radio operador más. Por la actitud de ella, la visita fue sorpresiva y no le dio tiempo de escaparse pero lo que nunca imaginó fue que alguien a mil kilómetros de distancia la fuera a reconocer. Yo lo único que hice fue hacer como que no la reconocía.
En fin el tipo no insistió más, le planteo los pormenores del trabajo y le lanzó alguna advertencia que más bien sonó a amenaza de las consecuencias que tenía el hablar de más de lo que sucedía en él. Luego no sé porque, nos invitó a que lo acompañáramos a un cuarto de control. Abrió una pequeña puerta y encontramos una consola grande con muchos botones y micrófonos, y distribuidas en la habitación enormes grabadoras de cinta que giraban lentamente. Nos explicó que ahí se monitoreaban todas las conversaciones de los vuelos que cruzaban por el espacio aéreo mexicano.
Ahí terminó la entrevista con la promesa de llamarle si era seleccionada para el puesto. Nos retiramos con la intención de acompañarla a donde se estaba quedando pero insistió en que la dejara a medio camino y que ella se comunicaría conmigo más adelante, por lo que me retiré a mi departamento.
No supe de ella por varios días hasta que sonó el teléfono esa noche. Me tomo un tanto de sorpresa que apenas descolgara y me dijera que si íbamos a cenar. No sabía donde se estaba quedando pero lo que si estaba seguro es que no era cerca y a esa hora en el DF, en los 80’s, pocos camiones circulaban. Le dije que sí y me contestó que me volvía a llamar en cinco minutos. Conociendo a mi amiga sabía que esos pocos minutos podían ser media hora o más, así que volví a mis actividades.
Quince minutos después me volvió a llamar preguntándome si siempre iríamos a cenar. Pensé para mis adentros que quién me debía confirmar era ella, le volví a decir que si y nuevamente me dijo que me llamaba. Vaya que indecisión de mujer, luego de esta llamada quede verdaderamente confundido y antes de que pudiera tener claridad llamó nuevamente solo para decirme que siempre no y que luego hablaríamos. Si antes estaba confundido, esa tercera llamada me dejó más. No atine a continuar con lo que estaba haciendo y poco más que confundido me fui a dormir. Estaba seguro de que al día siguiente me llamaría y me daría una explicación de lo que la había hecho cambiar de opinión repentinamente.
Pasó un día, luego dos, una semana, varios años y poco más de una década sin volver a tener noticias de ella. No fue para despedirse y tampoco alguno de los conocidos en común sabía que había pasado con R. Todo ese tiempo me quedé con la duda de esa llamada que me dejo inquieto. En el mejor de los casos me la imaginaba armada hasta los dientes enrolada en la antigua Policía Judicial Federal, metida de lleno en el submundo del combate al narcotráfico.
Por fin, ya viviendo nuevamente en Monterrey, me la encontré casualmente en alguna calle del Centro. Aún en los 90’s, la Ciudad tenía solo unos cuantos lugares de concentración comercial. Cómo había pasado casi una década viviendo en la Ciudad de México había perdido el contacto con mis amigos y compañeros de escuela. Así que de cuando en cuando me iba a dar la vuelta por las calles del Centro y así fui recobrando el contacto con mis amistades. Pues bien así me la volví a encontrar y lo primero que hice fue preguntarle por lo que pasó esa noche en la que me dejó en ascuas por más de una década. Según me contó, se estaba quedando con una amiga que por lo que entendí era agente de la PJF y estaba casada o arrejuntada con un tipo que servía como “madrina” en la misma dependencia. El tipo esa noche llegó a su casa en estado inconveniente y un tanto necio y no sé porque causa arremetió contra mi amiga y su esposa. Al parecer el momento se puso álgido y su amiga tuvo que recurrir a otros compañeros de la PJF para meterlo al orden.
Lo que no me quedó claro es el porque de ese silencio por tanto tiempo, pero así son muchas mujeres entre más les preguntas más tienden a quedarse calladas, por lo que aún luego de muchos años más sigo intrigado por lo que realmente pasó esa noche.


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