En las grandes ciudades los personajes pasan desapercibidos la gran mayoría de las veces. Muchas historias se encuentran ocultas tras las paredes y ventanas de casas que parecen tranquilas y silenciosas, sin darnos cuenta de lo que sucede detrás de ellas. Pero en los pueblos no es así. Por su propia naturaleza y su menor población, las historias no pueden permanecer en el olvido tan fácilmente. Así hace algunos años llegué a un pueblo en las montañas y me encontré con esta historia.
Grande fue mi sorpresa al descubrir que del patio de una casa se escuchaba una voz potente y clara hablando sin parar en un lenguaje fluido y aparentemente ordenado. Bastaba ponerle un poco de atención para darse cuenta de que eran ideas sueltas y se pasaba de una a otra intempestivamente. De repente soltaba una ráfaga de insultos y luego volvía al lenguaje formal. Quién hablaba así era un hombre de aspecto desaliñado e indigente. Envuelto en una cobija paseaba por el patio de la casa encerrado en una especie de gallinero delimitado por una cerca de malla entretejido. Su mirada se perdía en la incoherencia del lenguaje, pero cuando la dirigía a una persona esta infundía miedo y parecía que solo hacía falta cualquier cosa para agredir a quién se atreviera a confrontarla.
Preguntando supe que este hombre se llamaba Crispín. Había sido maestro de escuela pero desde hace ya muchos años vivía encerrado en lo que fue la casa materna. No lo atendía nadie en particular pero las autoridades del pueblo todos los días le mandaban de comer. A diversas horas del día un policía rural llegaba a la casa llevando comida caliente.
Los que saben su historia cuentan que Crispín fue un excelente estudiante y fue un maestro entregado a su profesión. Era reconocido por ser un estudioso de los temas que enseñaba a sus alumnos de secundaria. Trabajó en escuelas de diversos poblados y cuando su condición empezó a ser manifiesta fue enviado a la escuela del pueblo para que estuviera cerca de su madre, único familiar cercano que le quedaba. Crispín presentaba en ese tiempo grandes períodos de lucidez, donde no se manifestaban los demonios que poco a poco se apoderaban de su mente. Pese a ser un hombre maduro, nunca se había casado y por lo tanto su madre se propuso conseguirle una esposa, quizá previendo que su condición empeoraría con el tiempo.
En el pueblo definitivamente no hubo mujer alguna que se perfilara como posible esposa, todos ahí sabían de su condición. Por lo tanto había que buscarla fuera de la región. En aquellos años, en diversas revistas existía una sección donde hombres y mujeres, en su mayoría maduros y con poca suerte en el amor, pagaban por anuncios en busca de pareja, algo así como el Facebook actual solo que impreso. Por fin su petición fue atendida y al cabo de poco tiempo se casó. Sin embargo, al poco tiempo la salud mental de Crispín aceleró su deterioro y con mayor frecuencia la paranoia y la psicosis ganaban terreno. Pese a ello, la pareja procreo dos hijos pero al poco tiempo su condición se volvió irreversible. La autoridades de educación le propusieron a su madre declararlo incapaz para trabajar y le propusieron pensionarlo. En un arranque de amor maternal ella declinó el ofrecimiento, al fin y al cabo contaba con recursos para mantenerlo. No hubo poder racional que la hiciera entender, pero esta decisión privo a Crispín de una pensión y acceso a un servicio médico.
El trato con su esposa se hizo insoportable, que ésta no dudo en abandonarlo e irse del pueblo para no volver, abandonando incluso a sus hijos y dejando atrás todo aquello que la relacionara con este maestro rural. Por otro lado, su madre falleció a los pocos años y Crispín quedo en el desamparo casi total, algunos vecinos de siempre se hicieron cargo de su manutención hasta que las autoridades del pueblo tomaron la responsabilidad.
Y así pasaron años de encierro en su propio hogar. Por largos periodos Crispín se la pasaba hablando todo el día, en ocasiones le llegaban recuerdos de su vida pasada, a veces aparecían resentimientos contra algunas personas y otras parecía que se hallaba frente al salón de clases y hablaba largamente de temas de historia, literatura e incluso ciencia. Con el tiempo la gente se acostumbro a ello, luego de estos estados legorreicos se sumía en el silencio total por largos días y no se dejaba ver. Sus hijos crecieron, pero el ya no estuvo consciente de ello. La hija se fue a vivir a otro lugar y volvía esporádicamente al pueblo más de visita que para enterarse de su salud. Su hijo creció en la casa pero quizá la misma situación le hizo tener actitudes extrañas y poco desarrollo intelectual.
Con el tiempo fue una figura más del paisaje auditivo y visual del pueblo. No siempre se veía pero se escuchaban sus largos alegatos, otras veces solo deambulaba en silencio en el patio, muchas más no se sabía de él. Una de tantas veces que llegamos al pueblo, nos recibieron con la noticia de su fallecimiento. Pocos días antes se había resfriado y esa madrugada se registró su deceso. Ese personaje al que aparentemente nadie le prestaba atención, fue pese al olvido, despedido por las gentes del pueblo. Ante la incapacidad de su hijo de enfrentar la situación, los propios vecinos y autoridades se encargaron de velarlo. Hubo quién llevó sillas, otros elaboraron grandes ollas de café. La panadería del pueblo mando vastas charolas de pan de dulce para que los asistentes al sepelio soportaran la larga noche. El día siguiente muchos lo acompañaron a su última morada y este personaje que parecía olvidado por todos y recordado por pocos, fue despedido por el pueblo que lo vio nacer. Este maestro rural que fue presa de la locura al final recibió el tributo de quiénes supieron de su historia y que vieron en su persona el trabajo dedicado que no pudo culminar pero que dejó huella en el corazón de la gente que lo conoció en sus cinco sentidos.
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