El 9 de mayo de 1986, para sorpresa de la población regiomontana y de los obreros que trabajaban en ella, se emitió el decreto por el cual se declaraba la quiebra de la
Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey. Con ello se cerraba una página de la historia del Monterrey moderno de una manera abrupta. Durante el
Siglo XX la Fundidora fue sin lugar a dudas la empresa más representativa de la Ciudad, en parte por ser de las más grandes, y por estar ubicada prácticamente en el Centro de Monterrey. Se creó en el año
1900, específicamente el
5 de mayo, cuando se firmo su acta constitutiva. Se iniciaba así la industria del acero no sólo en Monterrey y México sino en toda América Latina. Pero no voy a hablar de la historia de esta empresa ícono de nuestra cultura, voy a hacerlo como un vecino de ella por varios años durante mi primera infancia.
Como escribí en otro breve ensayo, mis primeros años los viví en la Colonia Obrera, específicamente en la calle Francisco Márquez 815 altos. La casa ocupaba un terreno grande, con dos enormes palmeras a la entrada las cuales han resistido, no solo el paso del tiempo sino la transformación de esa parte de la colonia. La casa, en realidad eran dos. La planta alta era independiente y una escalera en escuadra permitía acceder a ella directamente. Vivir en el segundo piso, me dio la oportunidad de poder ver hacia el interior de la Fundidora y estoy seguro de que ninguna otra de la calle Francisco Márquez tenía una vista comparable.
A través de la ventana de la cocina pude contemplar diariamente el interior de la Fundidora trabajando las
24 horas del día. Una de las escenas qué más recuerdo era la de los enormes patios llenos de chatarra, la cual era seleccionada mediante un electroimán montado en una grúa y que parecía que solo movía de un lado a otro el fierro viejo. Era una tarea interminable, y me podía pasar las horas contemplando desde lejos las maniobras del operador. En ese tiempo la ciudad no era lo ruidosa que es hoy, y por las tardes el silencio se imponía a tal grado que era posible escuchar los sonidos procedentes del interior de la Fundidora.
A unos cuantos metros de la barda que delimitaba el patio, estaban las vías del ferrocarril que abastecía de materia prima a este monstruo que se alimentaba de carbón, minerales diversos y chatarra. El silbato de las máquinas del tren anunciaba su entrada a los patios de la empresa y así se iniciaba una procesión de carros de ferrocarril que entraban lentamente uno tras otro. Su largo era tal que a veces el paso de los carros llevaba más de una hora. Muchos de estos trenes hacían un largo recorrido desde los Minerales del Cerro del Mercado en Durango, o de las Minas El Hércules en Coahuila. Desde las Minas de Zaniza en Oaxaca y las Minas La Chula en Colima. También llegaba carbón mineral que la Fundidora explotaba de sus yacimientos en el norte de Coahuila.
La entrada a la Fundidora estaba donde hoy está el acceso a Cintermex, en contra esquina estaba mi escuela primaria, la Conrado Montemayor, y enfrente de ella estaba la Cooperativa, la cual daba servicio a los empleados con la venta de despensas y otros productos a menor costo. A lo largo de la calle Francisco Márquez se encontraban varias naves de la empresa trabajando constantemente y mi mundo en esos años se concentraba prácticamente a lo largo de la misma. No recuerdo haberme dado cuenta de la construcción del Horno 3, para mí siempre estuvo ahí, pero este se construyó durante los sesenta. Lo que hoy son los elevadores para acceder al Mirador, eran las tolvas que subían y bajaban para vaciar material a su interior. De su chimenea más alta emanaba una eterna flama azul que resistía todos los embates del clima sin siquiera parpadear.
La rutina de la
Colonia Obrera la marcaba la acerera, mientras el
silbato de vapor anunciaba los cambios de turno de los trabajadores, para nosotros anunciaba la hora de la comida, o bien la salida de la escuela (en ese tiempo la primara se hacía en doble turno, y el primero terminaba al mediodía). Los regiomontanos comíamos temprano, a las 12 pm, y se cenaba a las 6 ó 7, todo esto marcado por el silbato de la Fundidora. Para los niños que íbamos a la primaria, la hora de dormir era a las 7:30 u 8 de la noche invariablemente. Vivir junto a la Fundidora, era vivir junto a un
gigante que a veces rugía y a veces bramaba y cuyas emanaciones eran la prueba más fehaciente de que estaba vivo. Por las tardes, se presentaban diversos espectáculos. A veces se escuchaba un sonido como cuando algo muy caliente es enfriado con agua, acto seguido una espesa
nube blanca salía de las naves que estaban ubicadas por donde ahora está el
Lago Aceración y subía lentamente al cielo formando un cúmulo inmenso de vapor que se disipaba en las alturas. En otras la nube era de un color
ocre igualmente espesa que ascendía a las alturas y estoy seguro que era visible desde puntos lejanos de la Ciudad. Por las noches cuando la luna lentamente aparecía en el horizonte, recortaba la silueta de las chimeneas de la Fundidora y el humo que de ellas emanaba. La iluminación de la planta era escasa en los patios y la más profunda negrura se apoderaba de ella. Una imagen que tengo grabada en la mente, y de la que no estoy del todo seguro si en realidad sucedió, ocurrió durante la salida de una
luna llena. Cuando ésta apenas se encontraba por encima de las chimeneas, la imagen de la luna parecía sacada de un cuento de brujas,
bandas amarillas y rojizas la cruzaban horizontalmente y el silencio que imperaba le daba mayor realce a esta imagen que ha perdurado en mi mente desde entonces.
Con el tiempo me cambie de rumbo y atrás dejé a este vecino inmenso. En ese tiempo no la extrañe, pero con los años aprendí a apreciar las tardes y noches que pasé contemplándolo. La Fundidora ayudó a construir el México moderno, recuerdo que una vez ya instalado en la Ciudad de México fui a conocer la
Torre Latinoamericana. Tomé el elevador y subí a lo más alto. Estaba observando el panorama cuando mi mirada se posó en el punto donde convergen las
vigas de acero de su estructura. En ellas, se encuentran grabadas las palabras
FUNDIDORA DE FIERRO Y ACERO DE MONTERREY. Sentí nostalgia al leerlas y recordé aquellos años de mi niñez en la Colonia Obrera. El trabajo de varias generaciones de obreros estaba en esas vigas que sostenían al edificio que ejemplificó la modernidad del país durante más de dos décadas y seguramente también lo estaba en los rieles de ferrocarril que cruzaban el país de un lado a otro, en las ruedas de acero de los trenes, en barcos y aeronaves quizá construidos en otros países con acero hecho en Monterrey. Años después un amigo me invitó a ir a Actopan, Hidalgo. Antes llegamos a
Pachuca donde dimos un breve recorrido por los lugares más representativos, entre ellos el
Reloj Monumental, ahí supe que su cúpula de bronce que corona la torre que contiene el mecanismo, fue hecha también en la Fundidora para celebrar el
Centenario de la Independencia. ¡Cuántos lugares más habrá en el país donde el espíritu del obrero regiomontano este presente!
La Fundidora también llegó al cine y en 1968 se filmó la película AL ROJO VIVO dirigida por Gilberto Rascón y protagonizada por Rodolfo de Anda y Jorge Rivero, el guión fue escrito por Emilio Carballido. Algunas escenas se filmaron en el interior de la Fundidora y los protagonistas personificaban a dos obreros. No estoy seguro si se filmó completamente en Monterrey, en alguna ocasión la vi en un canal de cable y las calles y escenarios no me fueron conocidos, solo las imágenes de la Fundidora.
A mediados de los 70's se realizaron varias ampliaciones, una de ellas incluyó la construcción de una
peletizadora que con el tiempo se volvió una pesadilla para los vecinos. El
polvo de oxido de hierro constantemente afectaba todo el entorno de la Colonia Obrera. Al no existir en esos tiempos
leyes ambientales que regularan este tipo de problemas, se desencadeno una serie de protestas sin fin que se alargaron por años hasta el sorpresivo cierre de la Fundidora. Una sensación de culpa se apodero de los vecinos, muchos manifestaron a los periódicos y noticieros locales que solo exigían que la empresa controlara el problema generado por la peletizadora y no su cierre, sin embargo éste significó el fin del problema.
El famoso cellista Carlos Prieto, en alguna ocasión director de la Fundidora, escribió en su libro LAS AVENTURAS DE UN VIOLONCHELO (1998):
"Me entere de la clausura de la Fundidora estando de gira por Europa y la noticia me impresionó tanto como si se hubiera tratado de un cercanísimo miembro de la familia, desaparición que, además afectaría a muchos empleados, obreros y sus familias, con quienes había convivido durante años. Hasta la fecha, no puedo pasar cerca de sus altos hornos, hoy apagados y antes símbolo de Monterrey, sin sentir un estremecimiento."
No puedo dejar de compartir ese sentimiento y no sé si hubiera sido bueno para la Ciudad y su desarrollo que la Fundidora continuara operando. Hoy al pasear por los enormes jardines del Parque Fundidora, evoco los días de mi niñez y no soy capaz de imaginar cómo sería Monterrey si continuara operando. Una cosa es cierta, una vez que la Fundidora cerró sus operaciones, la transformación de Monterrey se dio a pasos agigantados.
Fotos a color: César López Chávez D. R. 2010
Logo de Aceros Monterrey proporcionado por Fermin Tellez.