miércoles, 26 de mayo de 2010

Carlos Prieto y Catón en Marco


La noche del martes 25 de mayo fue presentado en el Museo Marco el último libro del chelista de clase mundial Carlos Prieto. La relación de este músico, ciudadano del mundo y regio de corazón, con las letras es producto por un lado de su amplia cultura, de sus viajes alrededor del mundo, donde ha pisado todos los lugares importantes del mundo de la música, pero sobre todo de su sencillez como persona y la relación muy especial que tiene con nuestra ciudad. Prieto fue en algún tiempo director de la Fundidora Monterrey, y tuvo una larga carrera en la industria siderúrgica en México, la cual en 1979 hizo a un lado para dedicarse de lleno a su verdadera pasión, la música, convirtiéndose desde entonces en uno de los mejores cellistas del mundo.
 
La presentación del libro, Por la milenaria China, fue hecha por Armando Fuentes Aguirre "Catón", que con su muy peculiar estilo de contar historias aderezada por sus ocurrentes chistes, nos llevó a través de las cosas simples de la vida, a hacernos sentir que la música es la parte más bella de la creación humana. Dijo Catón que no sabía porque había sido invitado a presentar el libro, y que su único mérito era haberlo leído de pe a pa, lo cual es más seguro que decir en estos tiempos a que lo leyó de la A a la Z. Posteriormente a las amenas palabras de Catón, Carlos Prieto tomo el micrófono para contarnos algunos de los pasajes de sus experiencias en China, permitiéndonos ver las historias que han rodeado a la gente con la que ha compartido escenario en la época en que Mao Tse Tung gobernaba ese país bajo el influjo de la mal llamada Revolución Cultural. Dice Prieto que después de haber escuchado a Catón es difícil atraer la atención de los asistentes, pero su estilo sencillo y directo de contar las cosas es tan elocuente cómo escuchar la música que interpreta.

Prieto llego a Marco con su inseparable Chelo Prieto, el único violoncelo fabricado por Antonio Stradivarius en 1720 junto a 14 violines. Al finalizar la presentación del libro, nos obsequio a los presentes un breve concierto donde las notas incorpóreas emanadas de este grandioso instrumento penetraron a todos los rincones de este recinto que resguarda muy diversas formas de arte. Los poco más de 150 asistentes recibimos con emoción este regalo hecho por uno de los mayores exponentes de la música en México interpretando algunas sonatas de Bach, entre otras obras, y lo que era quizá un recital de no más de diez minutos se extendió a casi media hora. Al final, Carlos Prieto se dio tiempo de autografiar algunos ejemplares de sus libros a los asistentes, y tuve el honor de que en mi ejemplar de Las Aventuras de un Violoncelo quedaran escritas unas cuantas palabras del puño y letra de este gran músico. Una anécdota digna de mencionar, fue que un señor de edad hizo fila para que un libro que llevaba fuera autografiado. Grande fue su sorpresa cuando Carlos Prieto le dijo que con gusto se lo firmaría si hubiera sido escrito por él, pero que ese libro que llevaba era de otro autor del mismo nombre, pero eso sí con un título similar a una de sus obras.

Espero leer pronto el nuevo libro de Carlos Prieto, un ciudadano del mundo tiene muchas cosas que contarnos que suceden tras bambalinas antes, durante y después de cada una de sus presentaciones en los rincones más alejados del planeta donde la música se hace sentir en las grandes obras escritas para beneplácito de la humanidad.


Fotos: César López Chávez D. R. 2010

miércoles, 19 de mayo de 2010

La Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey, mi vecina


El 9 de mayo de 1986, para sorpresa de la población regiomontana y de los obreros que trabajaban en ella, se emitió el decreto por el cual se declaraba la quiebra de la Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey. Con ello se cerraba una página de la historia del Monterrey moderno de una manera abrupta. Durante el Siglo XX la Fundidora fue sin lugar a dudas la empresa más representativa de la Ciudad, en parte por ser de las más grandes, y por estar ubicada prácticamente en el Centro de Monterrey. Se creó en el año 1900, específicamente el 5 de mayo, cuando se firmo su acta constitutiva. Se iniciaba así la industria del acero no sólo en Monterrey y México sino en toda América Latina. Pero no voy a hablar de la historia de esta empresa ícono de nuestra cultura, voy a hacerlo como un vecino de ella por varios años durante mi primera infancia.

Como escribí en otro breve ensayo, mis primeros años los viví en la Colonia Obrera, específicamente en la calle Francisco Márquez 815 altos. La casa ocupaba un terreno grande, con dos enormes palmeras a la entrada las cuales han resistido, no solo el paso del tiempo sino la transformación de esa parte de la colonia. La casa, en realidad eran dos. La planta alta era independiente y una escalera en escuadra permitía acceder a ella directamente. Vivir en el segundo piso, me dio la oportunidad de poder ver hacia el interior de la Fundidora y estoy seguro de que ninguna otra de la calle Francisco Márquez tenía una vista comparable.

A través de la ventana de la cocina pude contemplar diariamente el interior de la Fundidora trabajando las 24 horas del día. Una de las escenas qué más recuerdo era la de los enormes patios llenos de chatarra, la cual era seleccionada mediante un electroimán montado en una grúa y que parecía que solo movía de un lado a otro el fierro viejo. Era una tarea interminable, y me podía pasar las horas contemplando desde lejos las maniobras del operador. En ese tiempo la ciudad no era lo ruidosa que es hoy, y por las tardes el silencio se imponía a tal grado que era posible escuchar los sonidos procedentes del interior de la Fundidora.

A unos cuantos metros de la barda que delimitaba el patio, estaban las vías del ferrocarril que abastecía de materia prima a este monstruo que se alimentaba de carbón, minerales diversos y chatarra. El silbato de las máquinas del tren anunciaba su entrada a los patios de la empresa y así se iniciaba una procesión de carros de ferrocarril que entraban lentamente uno tras otro. Su largo era tal que a veces el paso de los carros llevaba más de una hora. Muchos de estos trenes hacían un largo recorrido desde los Minerales del Cerro del Mercado en Durango, o de las Minas El Hércules en Coahuila. Desde las Minas de Zaniza en Oaxaca y las Minas La Chula en Colima. También llegaba carbón mineral que la Fundidora explotaba de sus yacimientos en el norte de Coahuila.

La entrada a la Fundidora estaba donde hoy está el acceso a Cintermex, en contra esquina estaba mi escuela primaria, la Conrado Montemayor, y enfrente de ella estaba la Cooperativa, la cual daba servicio a los empleados con la venta de despensas y otros productos a menor costo. A lo largo de la calle Francisco Márquez se encontraban varias naves de la empresa trabajando constantemente y mi mundo en esos años se concentraba prácticamente a lo largo de la misma. No recuerdo haberme dado cuenta de la construcción del Horno 3, para mí siempre estuvo ahí, pero este se construyó durante los sesenta. Lo que hoy son los elevadores para acceder al Mirador, eran las tolvas que subían y bajaban para vaciar material a su interior. De su chimenea más alta emanaba una eterna flama azul que resistía todos los embates del clima sin siquiera parpadear.

La rutina de la Colonia Obrera la marcaba la acerera, mientras el silbato de vapor anunciaba los cambios de turno de los trabajadores, para nosotros anunciaba la hora de la comida, o bien la salida de la escuela (en ese tiempo la primara se hacía en doble turno, y el primero terminaba al mediodía). Los regiomontanos comíamos temprano, a las 12 pm, y se cenaba a las 6 ó 7, todo esto marcado por el silbato de la Fundidora. Para los niños que íbamos a la primaria, la hora de dormir era a las 7:30 u 8 de la noche invariablemente. Vivir junto a la Fundidora, era vivir junto a un gigante que a veces rugía y a veces bramaba y cuyas emanaciones eran la prueba más fehaciente de que estaba vivo. Por las tardes, se presentaban diversos espectáculos. A veces se escuchaba un sonido como cuando algo muy caliente es enfriado con agua, acto seguido una espesa nube blanca salía de las naves que estaban ubicadas por donde ahora está el Lago Aceración y subía lentamente al cielo formando un cúmulo inmenso de vapor que se disipaba en las alturas. En otras la nube era de un color ocre igualmente espesa que ascendía a las alturas y estoy seguro que era visible desde puntos lejanos de la Ciudad. Por las noches cuando la luna lentamente aparecía en el horizonte, recortaba la silueta de las chimeneas de la Fundidora y el humo que de ellas emanaba. La iluminación de la planta era escasa en los patios y la más profunda negrura se apoderaba de ella. Una imagen que tengo grabada en la mente, y de la que no estoy del todo seguro si en realidad sucedió, ocurrió durante la salida de una luna llena. Cuando ésta apenas se encontraba por encima de las chimeneas, la imagen de la luna parecía sacada de un cuento de brujas, bandas amarillas y rojizas la cruzaban horizontalmente y el silencio que imperaba le daba mayor realce a esta imagen que ha perdurado en mi mente desde entonces.

Con el tiempo me cambie de rumbo y atrás dejé a este vecino inmenso. En ese tiempo no la extrañe, pero con los años aprendí a apreciar las tardes y noches que pasé contemplándolo. La Fundidora ayudó a construir el México moderno, recuerdo que una vez ya instalado en la Ciudad de México fui a conocer la Torre Latinoamericana. Tomé el elevador y subí a lo más alto. Estaba observando el panorama cuando mi mirada se posó en el punto donde convergen las vigas de acero de su estructura. En ellas, se encuentran grabadas las palabras FUNDIDORA DE FIERRO Y ACERO DE MONTERREY. Sentí nostalgia al leerlas y recordé aquellos años de mi niñez en la Colonia Obrera. El trabajo de varias generaciones de obreros estaba en esas vigas que sostenían al edificio que ejemplificó la modernidad del país durante más de dos décadas y seguramente también lo estaba en los rieles de ferrocarril que cruzaban el país de un lado a otro, en las ruedas de acero de los trenes, en barcos y aeronaves quizá construidos en otros países con acero hecho en Monterrey. Años después un amigo me invitó a ir a Actopan, Hidalgo. Antes llegamos a Pachuca donde dimos un breve recorrido por los lugares más representativos, entre ellos el Reloj Monumental, ahí supe que su cúpula de bronce que corona la torre que contiene el mecanismo, fue hecha también en la Fundidora para celebrar el Centenario de la Independencia. ¡Cuántos lugares más habrá en el país donde el espíritu del obrero regiomontano este presente!

La Fundidora también llegó al cine y en 1968 se filmó la película AL ROJO VIVO dirigida por Gilberto Rascón y protagonizada por Rodolfo de Anda y Jorge Rivero, el guión fue escrito por Emilio Carballido. Algunas escenas se filmaron en el interior de la Fundidora y los protagonistas personificaban a dos obreros. No estoy seguro si se filmó completamente en Monterrey, en alguna ocasión la vi en un canal de cable y las calles y escenarios no me fueron conocidos, solo las imágenes de la Fundidora.




A mediados de los 70's se realizaron varias ampliaciones, una de ellas incluyó la construcción de una peletizadora que con el tiempo se volvió una pesadilla para los vecinos. El polvo de oxido de hierro constantemente afectaba todo el entorno de la Colonia Obrera. Al no existir en esos tiempos leyes ambientales que regularan este tipo de problemas, se desencadeno una serie de protestas sin fin que se alargaron por años hasta el sorpresivo cierre de la Fundidora. Una sensación de culpa se apodero de los vecinos, muchos manifestaron a los periódicos y noticieros locales que solo exigían que la empresa controlara el problema generado por la peletizadora y no su cierre, sin embargo éste significó el fin del problema. 

El famoso cellista Carlos Prieto, en alguna ocasión director de la Fundidora, escribió en su libro LAS AVENTURAS DE UN VIOLONCHELO (1998):

"Me entere de la clausura de la Fundidora estando de gira por Europa y la noticia me impresionó tanto como si se hubiera tratado de un cercanísimo miembro de la familia, desaparición que, además afectaría a muchos empleados, obreros y sus familias, con quienes había convivido durante años. Hasta la fecha, no puedo pasar cerca de sus altos hornos, hoy apagados y antes símbolo de Monterrey, sin sentir un estremecimiento." 





No puedo dejar de compartir ese sentimiento y no sé si hubiera sido bueno para la Ciudad y su desarrollo que la Fundidora continuara operando. Hoy al pasear por los enormes jardines del Parque Fundidora, evoco los días de mi niñez y no soy capaz de imaginar cómo sería Monterrey si continuara operando. Una cosa es cierta, una vez que la Fundidora cerró sus operaciones, la transformación de Monterrey se dio a pasos agigantados. 


Fotos a color: César López Chávez D. R. 2010
Logo de Aceros Monterrey proporcionado por Fermin Tellez.