martes, 24 de noviembre de 2009

Las casas donde he vivido. Un recorrido en Google Street View

Sabe el hombre donde nace, y no donde va a morir.
    Canción interpretada por Joan Manuel Serrat.



A lo largo de nuestras vidas, la mayoría de nosotros hemos pasado por varios domicilios. Cada uno de ellos representa una etapa importante y con el paso del tiempo van quedando en el olvido y solo forman parte de recuerdos. Pocas veces volvemos a ellos, ya sea porque están lejos, porque ya no existen o porque simplemente no tenemos a que ir.

La tecnología nos permite ahora recorrer aquellos lugares que el tiempo ha dejado atrás y podemos observarlos sin salir de casa, ver como son en la actualidad y, claro, recordar esas épocas ya idas de nuestros ayeres. Por esta razón me di a la tarea de buscar aquellas casas donde he pasado alguna etapa de mi vida y recordar, con nostalgia, esos años que han quedado atrás.

Cuando nací, mis padres vivían en el Centro de Monterrey en la calle Héroes del 47. Lo poco que recuerdo de esa casa es que era de madera, un tejaban, y me refería a ella como "La Casa de Palitos". Entre lo poco que recuerdo es que tenía un patio grande y que estaba compuesta por tres habitaciones incluyendo la cocina. Ahí viví hasta los tres años cuando nos cambiamos a la Colonia Obrera.




Calle Héroes del 47. Por aqui estaba La Casa de Palitos. Se consumió en un incendio varios años después.

Del Centro de Monterrey nos fuimos a ser vecinos de la Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey. La barda del terreno donde estaba la casa era la de esta empresa y justo detrás de ella estaba un canal de desagüe que en verano generaba una cantidad impresionante de mosquitos y también estaban las vías del tren que en larguísimas filas entraba a sus patios cargados de carbón o chatarra para fabricar el acero. No era raro que en la madrugada el silbato del nos despertara anunciando su llegada. En las noches de calor poníamos los ventiladores y por la mañana sus aspas amanecían llenas de sangre y cientos de zancudos muertos tirados en el piso que se podían barrer. Nunca nos enfermamos por esto pero si amanecíamos llenos de piquetes. Esta casa de dos pisos en realidad eran dos. La planta baja la habitaba otra familia que tenía 6 ó 7 niños más o menos de mi edad, así que no me faltaron compañeros de juegos en esos años. El terreno que ocupaba era grande, al fondo había un tejaban que era ocupada por otra familia y atrás del había un higuera que daba unos higos muy ricos.


Calle Francisco Márquez. Col Obrera, Monterrey, N. L.

La casa ha sido modificada y el terreno se ha recortado bastante. De hecho la parte de atrás da hacia la Av. Fundidora y no tiene barda. Esas palmeras son las mismas desde mi niñez y para esa época ya tenían bastante altura. Aquí llegué a la edad de tres años, y mis hermanos decían que cuando se hacía de noche no me quería dormir y pedía que me llevaran a la "Casa de Palitos". La ventana de la cocina que estaba al fondo, permitía ver a la Fundidora en pleno trabajando. Por las tardes se escuchaba el estruendo que hacía el acero al ser enfriado con agua y una nube blanca muy espesa emergía de sus naves. En otras, la nube era de un color ocre intenso y era un verdadero espectáculo observar como ascendía la columna lentamente hacia el cielo. Por las noches, se veía resplandecer en el cielo obscuro las llamas eternas que salían de los hornos de la Fundidora y por la mañana y tarde escuchar el silbato que indicaba los cambios de turno. Ese era el Monterrey de los 60's cuya vida giraba en forma importante alrededor de la Fundidora Monterrey, en la cual se fabricaron las vigas de acero con que fue construida la Torre Latinoamericana, la cúpula del Reloj Monumental de Pachuca, Hidalgo, y abasteció de acero a los astilleros norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial. Esta casa era rentada y cuando tenía diez años y acababa de entrar a sexto de primaria nos cambiamos a una casa propia.

El cambio fue radical. Ya que de vivir en el Monterrey viejo y céntrico, nos fuimos al poniente de la ciudad a un área que apenas iniciaba su desarrollo y llegar en transporte público era una verdadera travesía. La colonia Valle Verde 1er. Sector fue nuestro nuevo destino.


Mis amigos y mis lugares comunes quedaron atrás. El apego a mi antiguo barrio era importante y regrese ahí dos o tres veces, al final la distancia se impuso y termine por no volver. Al llegar me inscribieron en la escuela primaria de la colonia y de bienvenida en el salón me recibieron quitándome la el banco al momento de querer sentarme. En esa escuela me encontré a Miguel que había sido compañero mío en la Primaria Conrado Montemayor, y que también vivía en esta colonia. También tuve de compañeros en sexto año a Federico Caballero "La Guayaba" que años después se convirtió en ídolo de música popular en el norte del país y sur de los Estados Unidos, así como a Mario Alberto Treviño Salinas, hoy neumólogo del Hospital Universitario de Monterrey. Al poco tiempo de llegar a Valle Verde, comenzó la escases de agua en la Ciudad, llegaban a pasar varios días sin salir gota alguna de la tubería y era común ver largas filas de gente en las cargando sus cubetas de agua. También fue por esa época, cuando se dieron los apagones programados durante el sexenio de Luis Echeverría y muchas noches las pasamos a oscuras, escuchando solo la radio en los aparatos de baterías.

Viviendo en esta casa terminé la primaria, cursé la secundaria, asistí a la Preparatoria 9 de la UANL y concluí mis estudios universitarios en la Facultad de Ciencias Biológicas donde me gradúe de biólogo. Apenas finalice la carrera y me salieron alas. Me fui al D. F. donde uno de mis primos me consiguió un empleo temporal en la Secretaría de Agricultura. Llegué a vivir en la casa de mis tíos aprovechando que mi primo Héctor tenía que hacer su internado en la Clínica 4 del IMSS en Guadalupe, N. L. Mis tíos vivían en la Unidad Habitacional Lindavista-Vallejo por la Av. De los Cien Metros y Montevideo, hoy Eje Central y Eje 5 Norte.




Unidad Habitacional Lindavista-Vallejo

La Ciudad de México no me era ajena del todo. Cuando niño fui en las vacaciones de verano en 2 o 3 ocasiones y pase ahí las vacaciones largas (más de dos meses), al grado tal de que perdía mi acento norteño y se me pegaba el defeño. Cuando regresaba a Monterrey todos me hacían burla por eso.

¡Como han cambiado los tiempos! En ese entonces la Unidad no tenía esas rejas de acero que aparecen en la fotografía ni casetas. Como el estacionamiento era insuficiente sobre todo en la noche o los fines de semana, los vecinos estacionaban sus autos detrás de los que habían alcanzado cajón de estacionamiento y los ponían en neutral por si al dueño del otro carro se le ofrecía salir, lo único que había que hacer era empujar el carro que estorbaba unos cuantos metros y listo. A veces, pasaba que el carro lo encontrabas en un tanto retirado del lugar que se había dejado originalmente. Nadie tenía temor de que le robaran su auto. Hoy hacer eso es impensable, quién sabe cómo le harán ahora. Viví con mis tíos poco más de un año. Llegue en octubre del 81 y viví ahí hasta diciembre del 82. Cuando regresé de vacaciones al trabajo me encontré que el Programa de Gobierno para el cual trabajaba había sido cancelado y muchos quedamos desempleados iniciando el sexenio de Miguel de la Madrid. Una vez que regresó mi primo de su internado, ya no cabíamos en el departamento así que con los ahorros que tenía me cambie a una casa de asistencia.



Buscando en el periódico me encontré con una casa de asistencia en la Colonia Escandón frente a la Universidad LaSalle. Era un departamento como de los años 50's que formaba parte de un condominio horizontal. La mayoría de los inquilinos rentaban estas propiedades y el lugar al que llegue no fue la excepción. Quien daba la asistencia era una señorita de edad llamada Margarita Arroyo, a quién todo mundo llamaba simplemente Mar. Tenía dos cuartos libres que rentaba a estudiantes de LaSalle, preferentemente. En él vivía Julio Villalobos, una de las tantas almas solitarias que hay en el D. F. y llevaba ya varios años viviendo ahí. Llevaba una relación con Mar que parecía que eran madre e hijo. Viví en esa casa unos dos meses y luego me regresé a Monterrey, aproveche el tiempo de desempleo para cursar las materias con opción a título y mi examen profesional. Una vez que concluí con lo concerniente a la obtención de mi título, regresé y el primer lugar que se me ocurrió fue la casa de Mar. Llegué en enero y tenía todo ocupado pero como los estudiantes de LaSalle estaban de vacaciones, me rentó el lugar en lo que retornaban sus inquilinos. Le insistí para que me rentara el cuarto de la azotea, el cual tenía algunos triques, pero contaba con una cama y baño propio. Finalmente aceptó y ahí viví por varios meses bastante agusto. Sin embargo, después de algún tiempo y busqué opciones hasta que logré dar con otra asistencia en la Colonia Hipódromo, cerca de ahí.


Edificio de Departamentos Col. Hipódromo, calles Tlaxcala y Chilpancingo

Fui a dar a un edificio de departamentos ubicado a un costado de donde antiguamente estaba el Cine Las Américas. Indudablemente ese edificio tenido mejores épocas ya que sus acabados eran de chapa de madera fina y tenía muy buen tamaño. La rentera del lugar daba asistencia a unas 15 personas entre hombres y mujeres, más a una muchacha que hacía las labores del hogar y preparaba la comida para todos, ella tenía un niño bastante hiperactivo que se encargaba de molestarnos de cuando en cuando. Mi cama estaba justo en la ventana en la habitación que daba a la calle Chilpancingo. El departamento estaba ubicado en el primer piso y ocasionalmente me tocaba ver alguna escena propia de la noche, como cuando unos policías judiciales golpearon a un tipo justo debajo de mi ventana. En esa asistencia conocí a Gustavo Aboytes originario de Querétaro y que cursaba una maestría en química analítica en la UNAM. Luego de casi un año de vivir en ese lugar, Gustavo me comentó que unos amigos de él estaban por desocupar un departamento en la Colonia Condesa y que si nos juntábamos cuatro lo podíamos rentar.



Tacámbaro Nº5 Col. Condesa. Edificio color verde al centro

Fuimos a ver el departamento, hablamos con la dueña y nos lo rento. La verdad estaba muy bien ya que estaba amueblado, con ropa de cama, utensilios de cocina, platos, tazas, vasos y hasta cubiertos. Contaba con teléfono y alfombrado en su totalidad. Ah y por una módica cantidad más Doña Tomy, la señora que cuidaba la casa nos hacia el aseo. Este edificio tenía su historia, de acuerdo con Tomy, ahí habían vivido entre otras personalidades el músico nicaragüense Carlos Mejía Godoy y la actriz venezolana Lupita Ferrer.

Uno a uno nos fuimos cambiando de acuerdo a como se vencía la renta en los lugares donde vivíamos. Fui el primero en cambiarme y luego los demás. Para el 19 de septiembre de 1985 ya estábamos viviendo ahí cuando sucedió lo del temblor, que nos hizo salir corriendo y pararnos a media calle. Tanto este departamento como los dos domicilios anteriores me quedaban bastante cerca de mi trabajo, por lo que durante años llegar a la oficina me tomo cuando mucho 15 minutos que hacía caminando. Durante mi estancia en el departamento, decidí casarme y por lo tanto me cambie de casa. Obviamente ya no pude pagar departamento en La Condesa y me fui rumbo a Polanco, bueno atrasito, a la Colonia Anáhuac.




Calle Lago Mask 125, Col. Anáhuac, México, D. F.


Bueno el rumbo era más humilde, por no decir más bravo, pero en los casi dos años que viví en él la pase bastante agusto. En este edificio viví precisamente en el departamento de enfrente en el tercer piso. Constaba de una sola recámara, baño, cocina y sala comedor. Amueblado y todo era muy acogedor pese al rumbo. Por lo que veo el edificio no ha cambiado, pero no recuerdo que existieran arboles en la banqueta. Durante mi estancia ahí, casi dos años, nació mi hija mayor pero solo estuve hasta que cumplió los tres meses de edad porque se presento la oportunidad de compra casa en Monterrey y cambiar de residencia en el mismo trabajo.



Casa Col. Valle Sol, San Nicolás de los Garza,   N. L.


Finalmente retorne a mi lugar de origen, a vivir en el municipio de San Nicolás de los Garza, N. L., al norte del Área Metropolitana de Monterrey. Esta colonia está ubicada cerca de la Avenida Sendero que en ese tiempo todavía era una calle de terracería y que no era transitada ya que unos doscientos o trescientos metros al oriente, se truncaba su trazo. Corría por ella un arroyo de aguas negras e industriales que despedía fuertes olores y que ocasiono que durante mucho tiempo se solicitara cancelar su cauce. Lo hicieron hasta que la urbanidad alcanzo al sector y fue necesario contar con más avenidas. Hoy es una avenida de 8 carriles, con un tráfico endemoniado. Creo que muchos hubieran preferido la terracería y el arroyo de aguas negras a lo que es actualmente. Durante mi estancia en ella nació mi segundo hijo, y disfrutamos la tranquilidad que el barrio ofrecía. Cambie de empleo y me fue mejor pero con el tiempo las cosas personales no funcionaron y por alguna causa se rompieron, por lo que deje con un gran pesar esta casa e inicié otra etapa de mi vida. Como en ese momento no tenía a donde ir, un amigo soltero me dio posada en su casa y ahí fui a parar, ahora en el Municipio de Guadalupe, N. L. en la Colonia Paseo de San Miguel.



Col. Paseo de San Miguel, Guadalupe, N. L.


Esta calle no aparece en el Google Street View, probablemente olvidaron pasar por ella pero si por otras de la colonia. A esa casa posteriormente llegó otra amiga y juntos los tres vivíamos nuestras vidas y convivíamos por las noches y los fines de semana alegremente. Gerardo y Silvana son amigos que siempre llevaré conmigo, aunque con Gerardo no he podido mantener el contacto y no sé de él desde hace un muy buen rato. Solo sé que se caso y creo que tiene cuatro hijos y no sé cuantos perros y al parecer ahora vive en Oaxaca. Tardé más de un año en estabilizar mi situación económica pero cuando lo hice busqué un nuevo lugar para vivir independientemente. Regresé a San Nicolás de los Garza, pero ahora al oriente a la Colonia Hacienda Los Morales a unos departamentos en renta.



Departamentos Col. Hacienda Los Morales, San Nicolás de los Garza, N. L.

Aquí rente un departamento en el cuarto piso. Por contar con un techo de casi 5 metros de altura eran frescos en verano y por las noches corría un aire fresco que permitía dormir cómodamente. El problema era subir y bajar cuatro pisos pero con el tiempo me acostumbré. Compré algunos muebles y lo puse lo más cómodo posible y pasé en el poco más de dos años conviviendo con mi soledad, hasta que mi vida se rehízo cuando mi mejor amiga dejo de serlo para convertirse en mi esposa.



Col. Hacienda Santa Clara, Monterrey, N. L.

Muchos piensan que la amistad es una barrera para encontrar el amor, pero ¿quién te conoce mejor que aquella persona que ha visto transcurrir las alegrías y sinsabores de tu vida? ¿a quién conoces mejor que aquella persona a la que le cuentas tus penas y te hace reaccionar para continuar adelante? Ahora además de mi amiga es mi esposa y llevamos casi once años juntos en los cuales hemos reído y llorado, enojado y reconciliado una y otra vez entendiendo que la vida juntos ha sido mejor que si la hubiéramos vivido por separado. Ahora vivimos en Monterrey, al poniente de la Ciudad en el Sector Cumbres y esperamos con nuestra hija y el angelito que nos cuida compartir la vida hasta el último aliento.

Imagénes: Google Street View 2009

martes, 10 de noviembre de 2009

Una historia del Puerto de Veracruz


Con la vida moderna muchos lugares del país están perdiendo su autenticidad. Pocos lugares la conservan aún y sin lugar a dudas el Puerto de Veracruz es uno de esos lugares de México que combina acertadamente lo moderno con sus tradiciones y carácter de su gente. Esta historia trata de una pareja del Puerto.

La verdad nunca supe sus nombres y si los llegue a escuchar no los recuerdo, los llamare Ulises y Carmen, una pareja de veracruzanos que ya llevaban varias décadas de matrimonio, durante el cual habían procreado varios hijos, no sé cuantos quizá tres o cuatro. Como buenos habitantes del Puerto eran dicharacheros, bailadores y alegres. Así transcurrieron casi cuatro décadas de matrimonio donde el amor dio paso a la costumbre y la costumbre a la monotonía. Don Ulises dedicado a su trabajo en no sé qué cosa, al parecer en Pemex, y Doña Carmen dedicada principalmente al hogar y con algún trabajo ocasional.

Quizá muchos pensaban que eran una pareja estable, sin problemas, con los hijos haciendo su propia vida y disfrutando a los nietos. Pero la mente humana es incomprensible y dada a tomar decisiones en el momento menos pensado. No sé de quién fue la idea, ni quién hizo el planteamiento, pero luego de treinta y tantos años de matrimonio y varios de monotonía decidieron divorciarse. Qué más daba, los hijos ya estaban grandes, independientes, cada uno haciendo su vida con una familia formada y con varios hijos, en realidad Ulises y Carmen no tenían más que preocuparse por ellos mismos, el sustento estaba prácticamente asegurado, don Ulises estaba próximo a la jubilación con una pensión que le daría para vivir sin preocupaciones.

Así que iniciaron los trámites para el divorcio, no había pleitos que denunciar ni amenazas, mucho menos golpes, no habría problema para que se llevara a cabo. En el juzgado les llamo la atención el caso y aunque no era lo común, el divorcio voluntario estaba contemplado, lo raro era que no existieran causas que lo provocaran, solo la decisión de la pareja. En los días subsecuentes continuaron viviendo en la misma casa, haciendo sus rutinas diarias sin ningún contratiempo, estaban tan acostumbrados el uno al otro que su ausencia o presencia no eran de extrañarse. Dormían en habitaciones separadas, pero eso no llamo la atención a los hijos, era algo que hacían continuamente hasta por el más mínimo motivo.

Asistieron a varias citas más al juzgado para continuar con los trámites hasta que les llamaron para que firmaran la separación definitiva. Ese día, cada uno se vistió con sus mejores galas, la cita era pasada el mediodía. Acordaron ir juntos, como en los viejos tiempos donde engalanados salían a pasear. En el juzgado los trámites que faltaban se dieron pronto, una firma por aquí otra por allá y luego de estamparlas varias veces en diversos documentos, les comunicaron que a partir de ese momento ya estaban divorciados. Los acuerdos del divorcio estaban definidos de antemano así que no hubo más que hacer.

Bajaron las escaleras del juzgado hacia la calle y Don Ulises se detuvo a esperar a su ahora ex esposa. Pese a la monotonía de los últimos años, sentía raro el salir a la calle junto con ella y dejarla ahí como a cualquier otra persona. Se le ocurrió que un buen matrimonio concluido en un buen divorcio no podía dejarse pasar así nomás, por lo que le dijo a doña Carmen que quizá era buena idea ir a comer para festejar, algo que solo ellos podían festejar. Los hijos, nunca estuvieron de acuerdo con el divorcio pero a ello respondieron que a esas alturas de la vida los únicos interesados eran ellos mismos.

Fueron a comer a algún buen restaurant del centro del Puerto de Veracruz, platicaron alegremente como hace mucho tiempo no lo hacían. La comida transcurrió entre una plática amena llena de carcajadas y la pasaron tan bien que decidieron ir a tomar café a La Parroquia, en ese tiempo aún se encontraba en su antigua ubicación en Los Portales, para digerir la comida. En el Café saludaron a muchos conocidos, con algunos compartieron la mesa por algunos momentos, a otros solo los saludaron y así transcurrió la tarde hasta que cayó la noche. La música comenzó a escucharse a lo lejos y Don Ulises pensó, ¿por qué no ir a bailar? Le hizo a doña Carmen la invitación y aceptó gustosa sin ningún reparo. Hacía muchos años que no la pasaba tan bien como en esa tarde y al ritmo del danzón y canciones típicas veracruzanas bailaron por largo rato en uno y en otro lugar. Bailaron suelto, pegadito y de todas las maneras posibles. El baile en tierras tropicales siempre tiene algo de sensual y la cercanía de los cuerpos atrajo viejos momentos que casi estaban en el olvido.

La gente que los vio divertirse esa tarde no imagino que ese par de adultos más que maduros estaban celebrando su separación legal, en esos momentos ya no eran marido y mujer, sino dos amigos que se reencontraron luego de muchos años. Finalmente, Ulises hizo la última propuesta de la noche… "vamos al hotel", como si se lo propusiera a alguien que recién se conoce o como con quién se encuentra con el amor perdido luego de muchos años. Doña Carmen aceptó y juntos pasaron una noche de amor y pasión como aquella primera vez en que la vida los unió.

El divorcio se consumó pero la separación no. Esa tarde se dieron cuenta que no necesitaban de ningún papel firmado para saber que el amor aún estaba dentro de ellos, escondido entre la rutina de la vida diaria y la monotonía. Don Ulises y Doña Carmen siguieron viviendo juntos el tiempo que les restaba de vida. Si, separados ante la ley del hombre pero unidos en lo más profundo de su ser. No eran, como lo llegaron a pensar cuando decidieron divorciarse, cadenas por lo que estaban unidos, sus almas desde hace quién sabe cuántos años eran una sola y su destino era continuar juntos hasta llegar al final del camino que el destino trazó para ellos.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Historia de un amigo


A Luis lo conocí en la Universidad entre el 3er. Y 4º semestre. No recuerdo que haya entrado con mi generación, la cual era de por sí bastante numerosa, pero estaba muy integrado a ella y a otras contemporáneas, era por así decirlo amigo de todos. Además de ser estudiante trabajaba en una facultad cercana en el área de computo, en la época en que a las escasas computadoras que existían en la Universidad se les alimentaban los programas con una cantidad enorme de tarjetas perforadas, las cuales en ocasiones se les perforaban de tal manera que se escribía una palabra en ellas y servían para adornar las libretas o los libros con el nombre u alguna otra palabra vistosa.


Luis era de mayor edad que el promedio de los integrantes de mi generación, en ese tiempo no sabía cuántos pero me parecía que era entre seis y siete años mayor que nosotros. Era estudiante foráneo, originario de Naranjos, Veracruz, y ya había recorrido para ese entonces varias ciudades del país. Era un trotamundos, y por tal razón era diferente a la mayoría que éramos locales a quiénes nos llamaba de sobremanera su estilo de vida, muchos queríamos ser independientes pero aún no éramos capaces de abandonar la casa paterna, aunque nos quejáramos constantemente de los hilos que aún controlaban nuestras vidas.


En los años de estudiante compartimos muchas cosas. Para empezar, estudiábamos una carrera poco convencional, biología, las luchas sociales aún eran vigentes y los estudiantes universitarios éramos la punta de lanza de las protestas de la sociedad. Cuando se daban aumentos a las tarifas del transporte o de los servicios básicos, tomábamos las calles sin pensarlo y en algunas ocasiones logramos revertir acciones del gobierno, en otra nos daban atole con el dedo y otras bastaba cumplir apenas alguna necesidad que como estudiantes teníamos para regresar a las aulas. Por lo tanto, creíamos que éramos capaces de mover al mundo y hacerlo un poco más justo. Eran épocas en que como jóvenes, presumíamos de la ideología social que nos impulsaba a buscar ser mejores más por la acción que por el pensamiento y cada reunión, mitin o protesta realizada nos involucraba cada vez más con la lucha social.


Luis y muchos de nosotros participamos activamente en ello, más por andar en la bola que por razonamiento, era sentirse libres sin serlo y era ser responsable con la sociedad aún si serlo con nosotros mismos. Indudablemente fue una época maravillosa, y en nuestras obligaciones escolares debamos lo mejor que teníamos, aunque a veces la inexperiencia nos delataba. En una ocasión, por ejemplo, Luis y otros compañeros hicieron equipo en la clase de genética, donde tenían que efectuar un trabajo práctico con la mosca de la fruta. Para ello era necesario poner en un frasco con cultivo a varias moscas de ambos sexos para procurar descendencia. Pues bien luego de unos días, revisaron el contenido de los frascos y para su sorpresa lo encontraron lleno de gusanos. Reaccionaron de tal manera que tiraron el contenido y debido a falta de tiempo para terminar el trabajo, tomaron la decisión de copiar los resultados de otro equipo. Sin embargo, tarde se dieron cuenta de que tales gusanos eran las larvas de las moscas que sembraron, por lo que la frase “se engusano el medio” se convirtió en celebre por muchos años aún después de terminar la carrera.


Así como esa anécdota compartimos muchas, también lo hicimos con fiestas, clases horas de estudio, borracheras de estudiante, hasta que el camino andado concluyó y casi sin darnos cuenta salimos de la Universidad. Cada quien tomo el rumbos distintos, a muchos compañeros no los volví a ver. A algunos otros me los llegue a encontrar por azares de la vida y se volvieron a esfumar y con algunos mantuve el contacto pese a que ya vivíamos en diferentes lugares. Con Luis pasó esto último, siempre supimos donde encontrarnos y como localizarnos, a veces pasaban meses sin saber uno del otro pero de alguna forma retomábamos el contacto precisamente en el punto en que nos quedamos. Al terminar la carrera casi de inmediato me fui de mi casa a otra ciudad, Luis siguió un tiempo en la Universidad hasta que obtuvo su título, luego se fue en busca de empleo. Supe al poco tiempo que consiguió trabajo en un instituto de investigaciones agrícolas dependiente del gobierno y fue enviado a un campo experimental cerca del Puerto de Veracruz. Ahí con su carisma y simpatía se ganó ser bien visto por sus compañeros de trabajo de diversas posiciones, al ingresar externo su deseo de buscar una beca en el extranjero. Su nuevo jefe le pidió que tomara las cosas con calma y así espero pacientemente un par de años e inmediatamente comenzó a buscar la oportunidad de irse al extranjero a estudiar. Aplico para cuanta beca fuera del país tuviera conocimiento, una y otra vez. En algunas no fue tomado en cuenta y en otras no recibió respuesta. Empezó a desesperarse y por último opto por una beca nacional en el Tec de Monterrey. Movió mar y tierra dentro de la burocracia de su trabajo para que le dieran la beca lo cual logró. Semanas atrás había aplicado para una beca en la India pero no recibía respuesta, sin embargo justo y cuando le otorgaron la beca para el Tec y ya se encontraba en plenos trámites de admisión, recibió una llamada de la Embajada de la India donde le notificaban que había sido aceptado y que debía presentarse a principios de la siguiente semana. Me llamó y me explico la situación, busco mi consejo cuando yo más bien estaba para recibirlos. Lo único que le dije es que escogiera la opción que realmente le interesaba, ya fuera desde el punto de vista académico o bien desde la perspectiva que el estudiar y vivir en un país como la India.


No lo pensó. Detuvo los trámites de inscripción en el Tec de Monterrey y volvió a enfrentar la burocracia de su trabajo. Nuevamente movió mar y tierra y consiguió que le permitieran tomar la beca a la India. La beca consistía además de la inscripción y el alojamiento un pago mensual de ¡60 dls! En su trabajo le aconsejaron que la aceptara y que una vez en la India ellos se verían en la necesidad de complementar su pago a una cantidad mayor. Recuerdo que me dijo que la persona con la que trató este asunto en su empleo le dijo “sabe que, todo esto lo consiguió por su simpatía” y así salió disparado rumbo a la embajada de la India para tomar la beca. Arregló lo que tenía que arreglar y a los pocos días me buscó para despedirse. Su sueño de estudiar fuera del país se había concretado, partiría a la India a los pocos días.


Durante algunas semanas no supe de él, el viaje era al otro lado del mundo, el correo era lento y las comunicaciones no eran lo fluidas que son hoy en día. Finalmente recibí una carta, de una manera sumamente divertida me contaba las peripecias por las que paso a su llegada a la India. Contaba que en cuanto el avión aterrizó en suelo hindú, ya no cubrió la última escala por aire, sino que se bajo y compro un pasaje en el tren que lo llevaría a Andra Pradesh, donde se ubicaba la universidad que le daba la beca. El tren, me decía, estaba igual de atestado que en las películas y que al bajarse fue rodeado por una multitud que se apoderaron de sus maletas, ahí se dio cuenta de que sus clases de inglés no lo prepararon para el inglés hindú. Como pudo escapó de la multitud y logró que un taxi, es decir una moto que hacía las funciones de taxi, lo llevara al lugar donde residiría. Creo que llegó un domingo y que luego de atravesar por lugares de la ciudad verdaderamente temibles llegó a las puertas de la universidad. En la primera puerta que tocó no le abrió nadie, en otras tampoco y así teniendo como guía e intérprete al taxista por fin encontró quién lo recibiera. Los dormitorios eran deplorables, pero de los males era el menor, así que entró a la habitación, contaba, se trió en la cama y se puso a llorar. No se había preparado para el choque emocional que implicaba viajar a una cultura muy diferente a la nuestra. Puede que lo que yo cuente suene como una mala aventura, pero su carta era mucho más divertida que lo que les platico.


Así pasó dos años en la India, finalmente se adaptó y logró su objetivo, estudiar en el extranjero. Cuando regresó me visitó y me dijo que su siguiente objetivo era visitar Nueva York y para ello me mostró una foto de la Gran Manzana. Regresó a su trabajo en Veracruz y mantuvimos el contacto por varios años. En ese tiempo mi vida dio un giro, deje la Ciudad de México por retornar a Monterrey, en lo personal enfrente diversos problemas y me economía se deterioro. Recuerdo que me visitó en alguna ocasión, conoció a mi hija y a mi hijo recién nacido y me apoyo económicamente con un poco de dinero. Finalmente me fui a vivir a un departamento ya solo y perdí durante un tiempo el contacto. Por más de un año no volví a tener noticias suyas, hasta que un día alguien me dijo que me estaba buscando. Llegue a mi departamento y busque entre mis cosas los teléfonos de su trabajo y me comunique inmediatamente. La secretaria que me contesto me dijo que ya tenía varios meses de no presentarse a trabajar, le pedí su teléfono y me dijo que no lo tenía o bien no me lo quiso dar. Busqué entre mis agendas de contactos y luego de mucho buscar lo encontré.


Marque a su casa y en un principio no me lo querían pasar, pero luego de insistir me contestó. Cuando lo escuche supe que algo no estaba bien. Su voz era débil y apenas audible, le costaba trabajo mantener la conversación. Esa semana tendría vacaciones, y al escucharlo tan débil me alarmé, no dude en decirle que lo iría a visitar al día siguiente. Así lo hice emprendí el viaje por carretera a la casa de sus padres en Naranjos y luego de unas 8 o 9 horas llegué. Tardé un poco en ubicar su domicilio y por fin me encontré ante la puerta de su casa.


Ya no era el mismo Luis que conocí, extremadamente delgado, con un lento andar, encorvado y la cabeza totalmente a rapa. El mismo bromeó diciendo que antes la gente le decía que estaba igualito, si igualito a Salinas de Gortari y que hoy era más parecido a Mahatma Gandhi. Le dio un gusto verme al igual que a mí y traté de esconder la preocupación de verlo en tan malas condiciones de salud. No me explicaba que era lo que le aquejaba para estar en tal situación. Platicamos largo y tendido. Hace algunos meses, dijo, empezó con problemas de salud a los que no les dio la importancia debida. Con el tiempo los malestares se acrecentaron, sobre todo que cada vez le era más difícil deglutir los alimentos, al grado tal de que perdió más de 30 kilos de peso y tuvo que recibir alimentación parenteral. Una infección por hongos afectaba su garganta y pasar los alimentos se convirtió en un verdadero martirio, el comer era un tormento y eso explicaba su gran pérdida de peso. Hubo un tiempo que sus males amainaron y recupero unos 10 kilos. Eso lo animo y un día decidió salir a caminar por las calles de su pueblo. Pronto los olores de las comidas lo sedujeron y entró a un lugar a comer un platillo de la región. Tal osadía le costó caro, pues luego de esa comida su estómago, que no estaba preparado para comer normalmente, le jugó una mala pasada y se enfermó a tal grado de que el peso recuperado lo perdió y bajo aún más.


Recayó una vez más, y su salud entró definitivamente en picada. No se explicaba cual era su enfermedad, nunca supo que le estaba pasando. En el puerto se atendió pero al parecer nunca lo vio algún especialista. Empezó a incapacitarse y cuando estas se volvieron más frecuentes, en su trabajo le dieron una incapacidad indefinida. Su estado de salud empeoro y decidió regresar a casa con su familia. Tomó su vochito y emprendió el viaje de Veracruz a Naranjos, pero solo pudo llegar a Poza Rica. Como pudo llamó a su casa y su mamá y uno de sus hermanos fueron por él. Los espero recostado en el interior del auto por varias horas en muy mal estado y de esta manera regresó a su casa.


Se atendió también en Tampico, pero los médicos nunca acertaron al diagnóstico y me contó que estando hospitalizado un médico le preguntó que si no era homosexual, pero lo hizo de tal forma que más que una pregunta para obtener un diagnóstico fue una pregunta hecha con morbo. Así se enteró que muy probablemente lo que lo afectó fue el SIDA. El cómo se contagió, nunca lo supo, pero luego de ese viaje a la India se enfermaba frecuentemente de males de temporada o del estómago, hasta que su garganta se vio afectada. Al pasar mucho tiempo enfermo y ver que su salud no mejoraba, se dedicó a arreglar sus papeles para dejar lo mucho o poco que tenía a su madre. Arreglo su seguro de vida, sus cosas las regaló o vendió para ayudarse a su enfermedad y su sueldo era cobrado por su mamá.


Ese día que lo visité se animó un poco y salimos a recorrer las calles de su pueblo, me llevó a conocer la escuela primaria donde estuvo y algunos lugares que él consideraba relevantes. Durante la plática que sosteníamos me llego a decir que quizá el debió, al igual que muchos de nosotros, casarse y formar una familia, como culpándose por lo que ahora le tocaba vivir. Mi respuesta fue que ni pensara eso, le aseguré que muchos envidiábamos su estilo de vida y que hubiéramos dado cualquier cosa por haber tenido el valor de tomar las riendas de nuestra vida en la forma que él lo había hecho. No cabe duda, que sentía que la vida lo abandonaba como para llegar a pensar y decir eso.


Regresamos a su casa, su mamá y hermanos me atendieron muy bien. Llegó el momento de la cena y entonces comprendí lo duro que le era deglutir los alimentos. Cada bocado por pequeño que fuera le causaban un dolor enorme, su rostro se descomponía al querer deglutir y parecía que en cada uno dejaba algo de vida. Concluida la cena, seguimos conversando recordando viejos tiempos, los viajes de la escuela, las excursiones a los parajes cercanos en busca de ejemplares para trabajos escolares, a los amigos y compañeros que compartieron ese tiempo hasta que el sueño nos venció.


A la mañana siguiente ya no supe que más hacer. El verlo en tales condiciones me impacto enormemente. Llevé mi cámara para tomarnos algunas fotos pero no me lo permitió, no quería que lo vieran es esa condición, respete su decisión no era la mejor forma de ser recordado. Implícitamente supimos que esas pocas horas eran las que debíamos compartir, no quise quedarme más y el tampoco. Lo importante fue compartir esos momentos, subí a mi auto para retornar. Estuve a punto de incumplir mi promesa de no tomarle una fotografía, pero me falto valor y respeté su decisión. El visitaría al médico en las siguientes semanas y quede en comunicarme para saber cómo seguía.


Regrese a mi vida diaria. Deje pasar un par de semanas para llamarle, cuando lo hice no me contestó nadie. Una y otra vez llamé y nunca obtuve respuesta. Por fin casi un mes más tarde logré comunicarme y su mamá respondió la llamada. Me dijo que había fallecido una semana antes y que sus últimos días los pasó en un hospital en Veracruz. Lentamente su vida se apagó, dejo de hablar con la gente y los últimos tres días los paso sin pronunciar palabra. Una hija de Carlos, el amigo que le daba asistencia en Monterrey, fue la última que lo vio con vida, solo ella le pudo arrancar unas palabras apenas audibles. Así terminó su historia esperando la muerte en una cama de hospital.


De los compañeros de generación, yo era el que mantuvo contacto con Luis hasta el final. Me dedique a comunicar su deceso a otros compañeros. Muchos no lo creían y algunos dejaron escapar una lágrima. Luis era estimado por muchos, recordaban sus ocurrencias y su disposición a compartir lo mucho o poco de lo que poseía sin reparo. En la última plática supe por fin cuantos años tenía, 45. La muerte le llego semanas antes de cumplir 46. Descanse en paz mi amigo Luis, estoy seguro que al final supo quiénes éramos sus amigos y me da gusto saber que supo cuanto le estimamos.


Luis, te agradezco que me llamaras para compartir unas cuantas horas de tus últimos días de existencia.


En recuerdo de José Luis Vizcarra de la Rosa. 2 de noviembre de 2009